Aunque Nuestro Amado Líder pidiera disculpas –al modo de los críos que siempre encuentran la manera de echar la responsabilidad sobre otros hombros-, aunque, digo, pidiera perdón, sin citarlo, al diputado y excelente tribuno Ángel Luna por haberle atribuido intenciones homicidas, la definición del portavoz socialista es bastante exacta: «A la enajenación política que sufre (el president), tal vez le sobre el apellido». Sí, confundir a un señor bajito con pinta de abogado listísimo del Banco Santander con Buenaventura Durruti es un caso bastante grave de aberración óptica, enemistad con los hechos y crisis de alejamiento de la realidad.
El estilo es una grave decisión: cuando vas por la vida de chico perfecto y plebiscitado, cuando la mareante vanidad te despega del suelo hasta el punto de creerte lo que dicen de ti en Canal 9, tomas como atentado imperdonable al honor que alguien te señale que tienes una mosca muerta en la solapa (Obama las caza al vuelo). Porque ese volverse ajeno a lo que le rodea, ya se vio cuando el juez pregunto qué podía deberle El Bigotes para que se mostrara tan agradecido y el interrogado se desvaneció por la azarosa senda del incienso para sí mismo: «el pueblo valenciano me debe mucho, me aclama, etc..,». El magistrado contestó: «vale, es suficiente». Debió pensar que no parece una víctima del maltrato: tiene la autoestima más alta que la estrella polar.
Lo más estremecedor no es que hubiera una presunta conjura de necios bien situados para saquear el presupuesto de la Generalitat, ni que una parte del botín retornase a su origen en forma de dádivas para quienes no veían o facilitaban el trajín, sino esa corte de aduladores (de un rey muy sensible a la adulación), cuyos miembros nunca se cansaban de administrar jabón y pompas hasta los límites del baboseo y que además eran facilitadores de cargos. Por lo menos en Sicilia, dan en más hombres. No, president, no queremos verlo en la cuneta y mucho menos muerto. Le deseamos grandes éxitos, pero fuera de la Generalitat donde ya está de más.