El recuerdo de las dos décadas transcurridas ya desde que el muro de Berlín se cayese llega, en buena medida, en clave de decepción. Más allá de las algazaras -cohetes, globos, serpentinas, canciones, trompetas- propias de toda noche en la que se celebre algo, y una vez echado el cierre sobre la pintoresca reivindicación del señor Sarkozy diciendo que estaba donde le gustaría haber estado, ¿qué nos queda? El testimonio de berlineses, alemanes y, en general, europeos lamentándose de que la cosa no haya sido para tanto. Es lo que tienen las ocasiones históricas: que rara vez lo son. Historia, incluso con mayúscula, sí que fue el que cayera el primer ladrillo de la Guerra Fría. Pero se suponía que no iba a quedarse todo en eso, que más allá de poder cruzar los escombros del muro para comprarse, qué sé yo, un televisor de colorines o un coche que no pareciera de los Picapiedra aparecería un mundo nuevo, un mundo mejor. Todavía esperamos a que llegue pero con cada oportunidad perdida surgen las dudas acerca de si eso irá alguna vez a suceder.
Con Obama pasa algo muy parecido. Llegó a la Casa Blanca como llegaron los Reyes Magos al pesebre con el añadido en el caso del primer presidente negro -bueno, mulato- de los Estados Unidos de que nos parecía a todos que nos habíamos instalado de su mano en el despacho desde el que se rige el planeta. Obama iba a recuperar no sólo la verdadera forma de ser norteamericana -yes, we can- sino que terminaría con las guerras en Oriente, nos sacaría de la crisis económica, impondría el progresismo dentro y fuera de su país y haría que la pesadilla del bobo predecesor al que sucedió pareciera eso, un sueño acerca de algo que nunca en realidad había pasado. Semejante cúmulo de esperanzas era, a todas luces, absurdo y sólo podía llevar al desengaño.
¿Es el sino de la humanidad eso de mantener esperanzas para ver cómo, al cabo, se marchitan? Quizá sí y, por eso mismo, los estoicos griegos evitaban la rabia matando antes al perro. Si no esperamos nada, pocos acontecimientos podrán desilusionarnos. Incluso sucederá lo contrario: nos daremos pero que por muy satisfechos con la pantalla plana y el troncomóvil. Aunque hay que reconocer que si eso de basar la Historia -la mayúscula es ahora imprescindible- en la llegada de unos electrodomésticos más o menos apañados supondría en sí misma la peor de las amarguras.
Tal vez debamos acostumbrarnos a huir del comportamiento bipolar, a apartarnos de las manías fogosas para no caer al poco en las depresiones angustiantes. El derrumbe del muro fue lo que fue. Nada más pero tampoco nada menos. Cierto es que el final de la guerra fría ha coincidido con el comienzo del terror caliente pero de ahí a añorar la dictadura soviética va un salto en el vacío demasiado grande. Y en cuanto a Obama, está a punto de lograr que en EE UU haya una cobertura sanitaria incluso para los más miserables. La belleza y la inmortalidad universal habrá que dejarlas para más adelante.