Adivina quién se va a sentar en el Consejo

Cruz Sierra

 02:00  

Los pilares de la sede de Bancaja en la calle Pintor Sorolla se estremecieron la semana pasada cuando finalmente se confirmó el nombre de uno de los integrantes de las listas para la Asamblea y consejo de administración de la entidad. Allí, junto a la reina de las fiestas de la Vall d'Alba o al hijo del consejero Francisco Oltra -grandes méritos, vive Dios- figuraba ni más ni menos que un viejo conocido de la casa, el abogado valenciano José María Mas Millet, vicepresidente un par de años desde 1995 y miembro de su comisión ejecutiva en representación del PP junto con Julio de Miguel durante la última etapa de predominio socialista en la entidad. Tras la dimisión forzada de García Simó en 1997, ya en plena era del PP, Mas fue candidato con chance para sustituirle, aunque finalmente la presidencia recaería en De Miguel por decisión personal del cesárico Eduardo Zaplana. Independientemente de las cuestiones personales que intervinieron en la decisión y que no vienen al caso, Zaplana no comulgaba con el ideario ideológico ni los intereses representados por el abogado Mas Millet.
A nadie se le escapa que el abogado mantiene fuertes vínculos con los sectores cristianos más conservadores dominantes en la Generalitat, representados en la cúspide por el propio Francisco Camps y su vicepresidente Juan Cotino (es, además, presidente de Popular TV, la tdt del Arzopisbado de Valencia) . Del mismo modo, es obvio deducir que un personaje con un perfil tan marcado como el de José María Mas no llega al consejo de Bancaja para actuar de florero sustituyendo a cualquier anciano tendero que pasara por allí. El proyecto de fusión entre Bancaja y la CAM permanece vivo con más posibilidades que nunca a pesar de sus enormes handicaps. Por este motivo, Camps, mientras se sacudía de las solapas de su atildado traje el polvo de la cuneta, ha colocado un hombre de su onda en el consejo para ayudarle a pilotar la operación y quien sabe si algo más. Si bien el presidente de la Generalitat carece en estos momentos de suficiente musculatura política para intentar remover de su puesto a José Lus Olivas -férreamente anclado en el puesto para afrontar un último periodo de seis años en la 5ª planta de Pintor Sorolla-, al menos quiere contar en esa casa con algo más que simples alfiles. Además, a tiro de piedra de Bancaja se encuentra el Banco de Valencia y teniendo en cuenta que Mas Millet debe abandonar varios empleos, entre ellos el de secretario del consejo del Banco Popular (el banco de la Iglesia, dicen), para entrar en el grupo Bancaja, en fin, que a nadie le extrañaría que el abogado jugara en el futuro un relevante papel tanto en Bancaja como en una hipotética fusión con la CAM, e incluso en el futuro del Banco de Valencia. Un denso guión en el que con toda probabilidad encontrará una interesante réplica en sus diálogos con el actual presidente. Un choque de locomotoras en toda regla, amortiguado por la evidente diplomacia de ambos personajes, viejos conocidos de cuando Olivas era conseller de Economía.
La trayectoria de Mas es un ejemplo de cómo caminar de puntillas por la sombra del poder sin parecerlo. Nacido en Valencia en 1953, se licenció en Derecho por la Universidad de Valencia. En 1978 fundó su firma de abogados, especializada en Derecho Mercantil y Financiero, hoy con dos sedes, una en Madrid, en la calle Goya, y otra en Valencia, en Isabel la Católica. Entre 1986 y 1990 fue secretario general y miembro del consejo de administración y de la comisión ejecutiva del Banco Zaragozano cuando los Albertos (Cortina y Alcocer) eran sus accionistas dominantes y oteaban oportunidades de negocio desde su cuartel general en la planta 42 de Torre Picasso. En aquellos tiempos, Madrid vivía la edad de oro de la Transición, de la Movida y de la primera burbuja económica de la democracia (era cuando Carlos Solchaga, entonces ministro de Economía, se vanagloriaba de que en aquella España cualquiera podía «forrarse en 15 días»...). También era aquel Madrid campo de batalla entre dos poderosos grupos de poder económico, el denominado la beatiful, representado precisamente por Cortina y Alcocer, a quienes asistía jurídicamente Mas Millet frente a los embates del otro grupo, encabezado por Mario Conde y los mariocondistas.
Desde entonces, el diestro abogado valenciano ha sido vocal y secretario del consejo de compañías españolas de todos los sectores, como Sotogrande, NH Hoteles, Aumar, SOS Cuétara, presidente de Antena 3 e incluso presidente de una promotora valenciana, Edival, de la familia Puchades, entre otras muchas firmas. En 1997, cuando abandonó Bancaja, fue designado por otro valenciano de pro, Juan Villalonga (con quien mantiene una profunda amistad), secretario general y del consejo de administración de Telefónica, desde donde contribuiría a instrumentalizar el famoso episodio de las stocks options, sobre las que correrían posteriormente ríos de tinta. Del mismo modo, Mas jugó un fuerte papel en la operación para situar a Villalonga al frente del Valencia SAD, en 2008, operación fracasada por el temor del entonces presidente, Juan Basutista Soler, a perder el contro de la sociedad, que finalmente perdería de malas maneras.


Una herramienta antifusión

Leído en este diario el viernes pasado: «El Gobierno de Madrid ha decidido incorporar a la Ley de Cajas de la Comunidad los SIP (Sistemas Institucionales de Protección), figura legal que permite establecer alianzas estratégicas entre las cajas de ahorro sin llegar a fusionarse y haciéndolas más solventes en el mercado financiero». Según fuentes del sector, la CAM podría estar pensando acogerse a esta figura, puede incluso que con el beneplácito del Banco de españa (detractor de las fusiones intraregionales) para intentar eludir la fusión con Bancaja y acercarse a Caja Madrid sin «externalizar» el control de la caja fuera de la Comunitat. Lo que hace una SIP, básicamente, es regular avales cruzados entre dos o más entidades financieras. Y aunque tampoco Caja Madrid está para tirar cohetes, al menos se encuentra en mejor forma que la CAM. Como ocurriera con las cuotas participativas, la siempre hábil dirección de la entidad alicantina lo vendería como un elemento de vanguardia de adaptación al nuevo contexto global. Unos genios.

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