Cuando la primera editora valenciana —Bromera— celebra su fiesta de los premios Ciutat d´Alzira, hay una expectación ritualizada por conocer el desenlace, una etiqueta llevadera y la corriente subterránea de muchos afanes que concurren a la lonja, digo a la cena, sus prolegómenos y consecuencias, para buscar apoyos, oportunidades. Somos una potencia mercantil, eso está fuera de duda, y el editor Josep Gregori ha conseguido, desde Barcelona, los derechos de la Nobel Herta Müller después de haber logrado los del turco Orhan Pamuk. Sacando pecho. Si Gregori —con quien cosecho tantos acuerdos puntuales como desencuentros larvados— no se olvida de la cantera —y no creo que lo haga— en beneficio exclusivo de los galácticos, puede ser el Pep Guardiola de la edición, ya lo es en cierto modo. Incluso se rapa la cabeza como él.
Yo me senté en la mesa del poder suecano y desde allí tendía emboscadas, emitía tentáculos y abría las orejas. Creo que el discurso de la alcaldesa Elena Bastidas fue el más importante, porque revela la comodidad de una figura de los conservadores en un campo y unos caladeros —la cultura autóctona— considerados exclusivos de la izquierda. Bastidas dijo que para los premios no habría más dinero, pero tampoco menos, lo que en tiempos de crisis suena a generosidad. Y no sólo económica: aquí los pleitos por las lindes (también las ideológicas) se dirimen a hachazos.
También me gustó el discurso, con resonancias de despedida y cuajado de inteligente ironía, del rector Francisco Tomás. Fue una declaración de amistad, una celebración de complicidades (la divulgación científica es uno de los pilares de Bromera y de la propia Universitat de València) y un hasta pronto de quien no descarta reaparecer en otro avatar. Porque ya estaban allí los candidatos al puesto de rector, tomando posiciones, especialmente los dos que se me antojan con más posibilidades: Morcillo y Furió. Me alegré del premio a Piti Español por Mans quietes! Piti fue mi colega de guiones en la factory de La Trinca.