Los dioses ciegan a quienes quieren perder. Sófocles magistralmente dramatizó la historia del valiente Áyax Telamón en la tragedia homónima en la que asistimos a la locura y posterior perdición del héroe. A la muerte de Aquiles se plantea el dilema de quién debe heredar sus armas. Áyax, protagonista de tantas hazañas, cree que es su derecho, pero el consejo de los aqueos decide que sea el astuto Ulises el beneficiario. Lleno de ira, el orgulloso hijo de Telamón decide vengarse de los caudillos griegos, pero Palas Atenea lo confunde y enajenado arremete con toda su furia contra un rebaño. Cuando recobra la lucidez, desbordado por la vergüenza, se suicida con su propia espada: «Aquí, en tierra, yace Áyax, bañado en su propia sangre, aún humeante, traspasado por la espada», exclama su esposa Tecmesa.
Lo que define a los clásicos es su perpetua modernidad. En la Cortes Valencianas acabamos de asistir a un grotesco episodio que una vez más pone de manifiesto el aserto clásico de que cuando los dioses quieren perder a alguien, lo ciegan. «A usted le encantaría coger una furgoneta, venirse de madrugada a mi casa y por la mañana aparecer yo boca abajo en una cuneta», le espetó el molt honorable president de la Generalitat al portavoz de la oposición en respuesta a sus críticas. Cuando se llega a tal grado de desmesura es que la vida política y parlamentaria está desquiciada.
En descargo de Camps, cabría decir que lamentablemente en el debate político se ha instalado la nefasta costumbre de andar desenterrando muertos y en eso, el PSOE, en general, y Zapatero, en particular, tienen buena parte de responsabilidad. Como el que siembra vientos recoge tempestades, al final resulta que a estas alturas del siglo XXI todo un presidente en sede parlamentaria alude a los crueles paseos que tan magistralmente describió Agustín de Foxá en Madrid de corte a checa. En aquellos trágicos días, Rafael Alberti tenía una columna en la revista El Mono Azul macabramente titulada A paseo; los desafortunados que tenían el dudoso privilegio de ser citados en ella, solían aparecer a los pocos días en una cuneta con un tiro en la nunca.
Pero recordar estas desgracias no nos puede traer nada bueno. Siguiendo con el ejemplo de Alberti, prefiero rememorarle cuando regresó del exilio con el advenimiento de la democracia y dijo «salí de España con el puño en alto y ahora vuelvo con la mano abierta». Ésa es la altura de miras que necesitamos en estos tiempos tan procelosos que vivimos. La parcialidad de leyes que pretenden legislar la memoria histórica (adynata, impossibilia!) o desaforados exabruptos como el del president de la Generalitat aludiendo a los paseos nos conducen a la ceguera y a la enajenación. En el mejor de los casos, si recobramos la lucidez, moriremos de vergüenza como el valiente Áyax Telamón. En el peor… bueno, eso prefiero no pensarlo.