Aunque lleva algunas semanas haciendo la india sin plumas ha sido este sábado casi de pasión cuando la he visto, azul como un cielo, teñidita de peluquería, con las roscas al aire pegaditas a su blusilla ceñida, la más chafardera de la conca, manejando la tarde de Telecinco en su salsa, con sus manitas arriba, moviéndolas, apiñándolas, maestra buena de mala escuela, con sus gafitas arriba y abajo, rodeada de criticonas que pastorean por el plató de medio pelo, de trapillo, cuatro tablones pintados, con su público y todo, con su suelo brillante, con el cristo bendiciendo el rincón de esa casa en forma de plasma muy, muy grande, y hasta con su silloncito de diseño.
Ahí, en ese programa surrealista, palabra que tomo al vuelo de la encartada, pace, hocica y ríe María Teresa Campos, a la que advierto, quién lo diría de esta maestra, influenciada por Jorge Javier Vázquez.
Después de su inútil intento por redimirse de su inmediato pasado de maricarmen la de los chismes perpetrando La mirada crítica, la dama del cotilleo ha vuelto a lo que mejor sabe hacer, presentar memeces enormes, preñadas de hastío y humo de taberna, para seguir hablando de Isabel Pantoja, hoy de lado, mañana de frente, y de Julián Muñoz, el granuja al que Telecinco está empeñada en abrillantar como si jamás hubiera sido un delincuente. Se rodea la señora en la ajada tarde sabatina de otros rostros como recogidos de la cuneta, como llegados de un mundo antiguo y en sombra, que tratan de reproducir las maneras locas de Sálvame. Entre las momias, Marian Conde, una fatal reconstruida Pilar Eyre, y un apestado de los platós, Carlos Ferrando, algún día venenoso, hoy una lengua muerta que aburre. Ay, Maritere, eres la pescaílla que se muerde la lola.