Un viejo de mi pueblo me lo dijo el otro día: «No se ven tablarinos». En mi pueblo al gorrión se le llama tablarino, lo que en valenciano se dice teuladí. La Academia no recoge la palabra tablarino, que los viejos de mi pueblo la heredaron de sus viejos, pero en cambio recoge las de récord, líder o penalti. Cosas de las academias. Los tablarinos pertenecen a los niños de pueblo. Yo abandoné mi niñez cuando a los diez años me llevaron a estudiar a la ciudad. Allí ni había tablarinos ni sentía el olor del romero. Los tablarinos revoloteaban en las lluvias del otoño y se lanzaban a beber el agua encharcada en aquellas calles sin asfaltar. Una fiesta que, gracias a los charcos, duraba una semana. Los niños jugábamos abriendo canales, uniendo unos charcos con otros, suspirando porque no se secaran nunca. Caía la tarde y oíamos las lejanas voces de la madre que salía a buscarte. En el pueblo jugábamos a escuchar el eco de tu voz porque en el campo sólo se oía el silencio de los pajarillos.
Los niños pensábamos cómo eran de valientes para buscarse la vida. Nosotros teníamos un pare y una mare, porque lo de mamá y papá eran cosa de las películas de Marisol con casas lujosas, padres con corbata y madres con sombrero. ¿Existían aquellas casas? ¿Existían aquellas gentes? En el pueblo convivíamos con el olor de los machos, de los gorrinos y de las gallinas. Llegada la primavera, atrás el trajín de la matanza, no había mejor diversión que descubrir un nido de jilgueros. Tampoco se ven jilgueros. Contemplar la imagen de aquella cunita de huevos era un momento de intensa emoción, el mejor regalo.
Los niños no oyen el trinar de los jilgueros. Los niños están prisioneros en guarderías con horarios interminables para que los padres, si es que se mantienen unidos, puedan pagar la hipoteca. Dicen que les enseñan inglés, ballet o artes marciales. Han de estar bien preparados, dicen. Y han dejado de aprender a acariciar la cabeza de un polluelo, y a correr, libres, por los campos repletos de amapolas —tampoco quedan amapolas— mientras contemplan la majestuosidad del rojo atardecer, cuando los últimos rayos caen sobre las lejanas cumbres de un horizonte que se ve. Pensabas que aquello, efectivamente, era obra de Dios. Ahora sólo se ven pajarracos negros, carroñeros que no cantan y se comen los huevos de los nidos de jilgueros. Sí, seguramente la muerte de los tablarinos y el triunfo de los carroñeros es espejo de un mundo sin poesía, condenado a la crueldad de vivir su propia muerte.
¿Queda alguien, algún poeta, que denuncie la muerte del teuladí y que sea capaz de cantar a la esperanza?