Aunque traerse a los dos bucaneros somalíes a España fue una estupidez —las buenas cartas se mantienen tapadas, pero en la mesa de juego—, hay por ahí un coro de plañideras que gritan como si aquellos piratas actuasen a las órdenes de Zapatero. Aunque sepan bien que ellos y nosotros, Zapatero y las plañideras, viajamos en el mismo crucero de lujo rigurosamente relativo, mientras afuera y como decía Henri Michaux: «Va flotando el globo de los piratas, inestable, en el éter tempestuoso».
Sí, fuera del supermercado, del poder adquisitivo y de la Institución Ferial Alicantina, todo el mundo es Somalia: un anillo planetario de suburbios de hojalata mucho más largo que la gran barrera de coral australiana, un océano proceloso que cruzan nuestros correos, suministros y pesqueros y en el que andan mezclados expropiadores de peces y negritos expropiados que a veces se cabrean y toman el kaláshnikov.
Es lo que viene a decir Peter Sloterdijk en un tocho —En el mundo interior del capital— áspero y grumoso, espesamente germánico, que no estoy muy seguro de haber asimilado al modo como la anaconda digiere una cabra entera: que la representación, a partir de Colón, del mundo como un globo trajo a las cabezas la globalización. El resto sería una mejora técnica y gradual del concepto bajo el principio, escasamente moral, de que la posesión ya es la mitad del derecho.
El universo configurado por el capital es un Crystal Palace —o una Feria Muestrario— donde su puede comprar todo (si tienes dinero): el zoo sustituye al safari y el documental de la tele al zoo. Unos panaderos gallegos de mi barrio instalaron, hace más de un año, una máquina expendedora de pan, se publicó un reportaje y, detrás, desfilaron, una tras otra, todas las televisiones fascinadas por prodigios imposibles atribuidos a la máquina tales como que fabricaba el pan y lo mantenía caliente. Infantilismo, sí. Alfons Cervera, que fue panadero antes que escritor, como Baroja, se lo aclararía: calentar el pan indefinidamente lo convierte en piedra pómez.