El martes fue un día clave. Se produjo la colisión entre el Banco de España y el Consell. Mejor dicho, se hizo pública, porque se estaba incubando entre las sombras. Gerardo Camps –cuya insensatez de ayer entrará en los anales de la irresponsabilidad– se encargó de airear las pretensiones del órgano presidido por Fernández Ordoñez, que se decanta por una fusión entre la CAM, Caja Madrid y Caixa Galicia, esa trinidad enigmática fundida en un solo destino financiero universal que inspiró el eje geográfico NO/SE, aventado desde las órbitas del PP nacional.
Nos hallaríamos, pues, en en el mismo punto de partida de no ser por los movimientos del Consell, decididamente –y sorprendentemente– autonomistas, o sea, intrarregionales, según el sobrenombre al uso. La denuncia de presiones, o intromisiones, por parte del Banco de España, es insólita. El banco regulador estaría zarandeando al Consell, que lo interpreta como una injerencia. El Banco de España «piensa» en términos peninsulares, ya está dicho. Anteriores, si se me permite, a la España horizontal serpenteada por un montón de autonomías, algunas muy violinistas. Su marco funcional se eleva por encima de los intereses territoriales, políticos, fragmentarios e «identitarios». Ese ideario tiene sus ventajas pero también sus inconvenientes. Una fusión intrarregional –al igual que una interregional– contiene elementos que sobrevuelan los efectos númericos: la puesta en valor de un territorio, su fortaleza en el peso del Estado, su desarrollo futuro. El Banco de España «elabora» política, y mucha. A favor o «contra» alguien («toda política que no hagas tú, se hará contra ti»). Y se mece sobre un relato nacional, con el mapa del ruedo ibérico a sus pies.
En cualquier caso, un Camps no turbado bufó contra el instituto emisor y una corriente eléctrica sobrecogió las instancias valencianas. Hubo quien se electrizó: los pelos, como estalactitas; la mirada, descompuesta. El martes, 17-N, la sacudida fue general. Excepto para la oposición. Pasaban las horas y el silencio persistía. Ni una reacción, ni un comentario. ¿Puede eludir la oposición un debate que ha estallado sobre una de las columnas vertebrales autonómicas, siquiera para equilibrarlo, matizarlo, rebatir o corroborar algunos de sus extremos, condicionarlo o mostrar sus afinidades? El producto que salga de la gestación unificadora hará bascular el «poder autonómico», tanto si fracasa como si triunfa. No sirven electoralismos de salón, ni politiquerías obtusas. Se juega en otro campo, donde la oposición es decisiva. Y el Consell es el último responsable –no provoca consensos– del mutismo socialista. Roto, un día después, por Jorge Alarte, para repetir una melodía ya escuchada: los socialistas apoyarán «la mejor opción». ¿La mejor opción? ¿La del Banco de España? Los sindicatos gallegos, ante las alianzas de sus cajas, se reafirmaron ayer en la necesidad de preservar la «galleguidad» de las entidades. El PP gallego coincidió en denunciar las presiones del banco emisor. Fernández Toxo aseguró que las fusiones son «imprescindibles» y Elena Espinosa dijo que se trata de proporcionarle oxígeno al sistema financiero, pues «subsistirán» pocas entidades. ¿No es suficiente para que Cristina Moreno y su equipo deje de navegar sin rumbo y admita al menos de qué se está hablando en realidad: de subordinación, dependencia o claudicación. De no perder el tren. Es decir, de la vieja historia de los valencianos.