A estas alturas del cuento, que Victoria Beckham se haya gastado casi mil euros en una pareja de cerdos enanos me la trae al pairo. Lo que pasa es que, una semana más, no me da la gana escribir sobre Camps y sus nuevas costumbres contradictorias que le llevan un día a perseguir a un moderno que le ha llamado chorizo y al día siguiente le hacen salir por la puerta de atrás de un evento para no enfrentarse a la gente que protesta.
No me da la gana. Ea. Y miren que podría. Escribir sobre Camps, digo. Sobre Camps o sobre cualquier otro ser humano relacionado con el pepé, porque el pepé y sus gentes, presidentes, consellers, alcaldes, concejales, militantes y simpatizantes, dan para escribir una columna al día durante diez años al menos. Pero llegados a este punto, a mí me apetece más escribir sobre Quinín. ¿Quién es Quinín? Pues un cerdo. No. En serio. Un cerdo, de los de verdad, de los de cuatro patas y rabo que se engordan en las granjas para que den buenos jamones.
Lo que pasa es que este cerdo, Quinín, se ha salvado de su destino porque ha demostrado ser más humano que muchos humanos: es noble, agradecido, simpático y sincero en sus afectos. Tanto, que se ganó el apodo de «el cerdo que se comportaba como un perro» y se promovió una campaña para que no lo enviasen al matadero y para que la sociedad se concienciase de que los animales de granja son iguales que los de compañía.
Cada año mueren miles y miles y miles de pollos, gallinas, cerdos, conejos, vacas, caballos para que nos los comamos. No sólo eso, sino que antes de morir de mala manera viven en las peores de las condiciones, hacinados en jaulas sin apenas luz ni posibilidad de movimiento y, según algunas voces, tan mal alimentados que en ellos se encontrarían las causas de muchas enfermedades que padecemos los humanos.
Pero la noticia está en que en el caso de Quinín la movilización dio resultado y un señor lo compró y se lo llevó a su finca, donde el cerdo vive feliz y convencido de que no es diferente a los perros y los gatos que corretean por la casa, y los promotores de la iniciativa han habilitado una web para que otros corran la misma suerte que este cerdo (http://www.salvemosaquinin.org/).
A mí, qué quieren que les diga, lo de Quinín y la calidad de vida de los animales me parece de lo más bien. Me alegro por Quinín y me alegraré de que haya más como él. Puede que éste sea un buen momento para estas cosas, porque parece que las personas ya estamos cansadas de que nuestras mascotas sean perros, gatos, canarios y peces. Ahora lo porcino está de moda. George Clooney tuvo un cerdo durante dieciocho años y asegura que lloró como un niño cuando el pobre se murió.
Paris Hilton, Rupert Grint (el niño pelirrojo que hace de amigo de Harry Potter), George Michael y los Beckham ya se han gastado una pasta en comprarse un par. Yo me alegro, ya lo digo. Me alegro de que estos bichos no acaben en una bandeja de chorizo ibérico. Pero al mismo tiempo, me da como pena. No sé. Hoy mismo he leído eso, lo de Quinín y lo de los Beckham, y también lo de una chica india que ha puesto a la venta a su bebé de tres meses porque no puede hacer frente a una deuda de quinientos euros en el hospital donde su marido se curó de un accidente de trabajo. Y pienso en Victoria (Beckham) gastándose esa cantidad en cada cerdito y me acuerdo de Mae West. A mí me pasa como a ella. Que cuanto más conozco a los hombres más me gusta mi perro. O mi cerdo, en este caso.