Fui al pabellón de preventivos de la cárcel de Picassent —al lado hay un campo de golf, no sé si coordinado o yuxtapuesto— para charlar con los alumnos del taller de poesía que organiza el amigo Abelardo Martínez. El primer invitado fue Carles Recio, yo quedé en medio y este próximo martes irá Carlos Marzal: está claro que la cosa va a más. Este pabellón, gracias a un mural que pintó un preso comprensiblemente nostálgico de la belleza oceánica, deslumbrada, de Larache y a los azulejos y socarrats que van saliendo del taller de cerámica, se parece más a un colegio de la Beneficencia de hace treinta años que a un verdadero penal. Lo digo porque sé que es algo que molesta a los bien pensantes para quienes el castigo a los desencaminados no puede ser una retirada de la circulación lo más benévola posible, sino que reclaman algún rigor que retribuya indirectamente su opción por la buena conducta. Será que no están muy convencidos.
Leímos muchos poemas, claro, a eso habíamos ido. Y el hecho de que hubiera chicos y chicas de las repúblicas de América, muy formales, con maneras de alumnos internos, añadía a la recitación dulces siseos, subrayados enfáticos, vocales como guayabas. Usamos el No te rindas de Benedetti como epígrafe y me atreví a leerles un poema de mi propia y clandestina lira. Como dijo el cartero de Pablo Neruda, el poema es propiedad de sus lectores y ellos deciden su uso, incluido el terapéutico, que fue el más frecuente entre las creaciones de los internos. La poesía tal vez no cure, pero expresa, cursa, desbloquea y como medicación o dependencia no es de las peores. El único poema en valenciano, cincelado con furia, rezaba: Què fem amb els polítics? Doncs això, fem.
Hemos criminalizado muchos actos que no sé si deberían llevar a la prisión. Hay un grupo de negritos del top manta. Y conductores sin carné. Hemos superado en población penal relativa a Italia, Francia o Gran Bretaña y sigue creciendo. Queremos cárceles bien llenas, bien lejos y muy cerca si uno de los nuestros cae en la red.