Las cajas, lamentablemente, ya no son lo que eran. Antes, la multiculturalidad, digámoslo así, bendecía a las entidades financieras valencianas. Uno podía pertenecer a la CAM o a Bancaja al mismo tiempo. Hoy, los partidarios de una y otra, en correspondencia con su ámbito geográfico, se tiran los trastos a la cabeza como bárbaros. Se trata, de todos modos, de una fantasía consumista más. La fantasía la han estimulado los partidos políticos, con su intromisión electoralista. Han acabado por organizar una orgía obscena de una necesidad perentoria: la fusión. (Necesaria por motivos de supervivencia: el darwinismo no tiene fin). En general, la simulación se corresponde con sus propios intereses, no con los de la colectividad. En este caso —y es una opinión, nada más—, uno cree que los cimientos adecuados los está colocando el Consell y que los socialistas observan la posibilidad de levantar una ciudad financiera propia a partir de una atmósfera mefítica, lo que les produce averías: tratan la cuestión como una mercancía más de la controversia cotidiana.
Desde luego, esa turbidez nada tiene que ver con las directrices o los controles del poder político, obligatorios e imprescindibles. Hablamos de la juerga politiquera, que distorsiona propuestas nobles y que opera desde la simulación. PP y PSPV han logrado, por ejemplo, que las cajas parezcan equipos de fútbol. Una afición contra otra y con un palo y una bandera cada una. Naturalmente, subordinadas a su ámbito de obediencia. Suerte que el patrioterismo no desagua aún en la xenofobia porque el campo se abona a diario.
La simulación va más allá. Ana Barceló, que es la presidenta de los socialistas valencianos en la provincia de Alicante, acusa a Gerardo Camps de tratar de «debilitar a la Caja de Ahorros del Mediterráneo (CAM) y, por extensión, a la provincia». Sí, a la provincia (y, además, «por extensión»). La socialista asocia la CAM con las fronteras provinciales. ¿He dicho que es la presidenta del PSPV en Alicante? El órgano crea la función. Denme un límite administrativo y moveré el mundo. La redondez del argumento de Barceló es perfecta. Ocupa la misma longitud de onda de Ripoll. Políticas paralelas. Y continúa. Barceló se muestra contraria a la fusión por motivos «sociales y económicos» y, ojo, suelta que la CAM «mantiene mejores ratios que Bancaja». ¡Ah! Acabáramos: Bancaja, según la líder socialista de Alicante, está «peor» que la CAM. Vistamos nuestra caja para coser a balazos la de la competencia. Y establezcamos una guerra de superioridades. ¿Es la irresponsabilidad de Barceló de menor tamaño que la de Gerardo Camps, a quien se le está cayendo el cielo sobre la cabeza, según la famosa fórmula de Astérix? Si hablamos de magnitudes, se diría que sí. Camps es el Consell. ¿Puede manifestar, sin embargo, una dirigente política de altos vuelos, con potestad sobre una provincia, lo mismo —o equivalente— que le reprocha a Camps cuando además el líder de su partido, la jefa del área económica y el portavoz en las Corts han exigido la dimisión del vicepresidente invistiendo el momento con perfúmenes sacros? Puede. ¿Y pueden pasar desapercibidas sus palabras contra Bancaja? Sí. En el estado de simulación, lo que no emerge en la prensa no existe. ¿Pero por qué la inconveniencia de Barceló se sale de rositas y evade el campo de juego atronador? Es que ni las aficiones respectivas, a pie de grada y agitando sus divisas, se han enterado. Habría que preguntárselo.