Susurran por los recovecos y despachos de la city valenciana que el fusilamiento al que fue sometido Gerardo Camps el pasado 10 de noviembre en la portada de un diario digital madrileño no fue una faena aislada que un periodista de la Corte le aliñaba a este miembro del Consell sin mayor objeto que marcar un scoop informativo. Una exclusiva periodística que al día de hoy nadie ha cuestionado: corrió como la pólvora y ha sido analizada y despellejada, aunque oficialmente no ocurriera, ni siquiera para el interfecto. «Al fin y al cabo —le defendía un alto ejecutivo desde su despacho sobre los tejados de la ciudad—, Gerardo no sería el único político valenciano que hace cosas raras en su vida privada. Hay quien sale por la tarde de currar y ya no para...» Ésa es la diferencia, que hay quien espera a salir de currar para hacer lo que le venga en gana y hay a quien sus aficiones le interfieren en el servicio público. Una de las teorías más chocantes que circulan sobre el asunto parte de la base inquietante de que Gerardo Camps seguiría siendo, con todo y aunque sólo para una parte del partido —ignorante de lo que ocurre en el eje entre Caballeros y la calle Quart—, uno de los candidatos más sólidos por su experiencia y relaciones para reemplazar al presidente Camps en el caso de que por un azar del destino o del caso Gürtel debiera ser sustituido antes de las elecciones (los otros, de momento, son los alcaldes de Valencia y de Castellón).
Tal posibilidad habría conmovido a un influyente grupo de poder nada dispuesto a consentir ni siquiera en bromas que se pudieran concretar las expectativas de Gerardo Camps en algo más que en un rumor de periferia. Y de ahí la filtración (y el filtrador) al medio digital madrileño, procedente de alguien con un perfil suficientemente sólido, solvente y creíble como para que sus profesionales, gobernados por dos viejos lobos del periodismo y la comunicación como son Jesús Cacho y José Antonio «Totoyo» Sánchez, le dieran marchamo de autenticidad y causalidad. Sólo habría sido un cañonazo de aviso para quitarse al conseller de en medio en un nada hipotético corrimiento de banquillo en el equipo popular. Aquella información, además, tuvo como efecto colateral la activación de posteriores análisis acerca del político en cuestión, hasta la fecha guardados en el siempre poblado cajón de los secretos de las redacciones. ¿A qué color, creencia o interés responden los supuestos saboteadores de la carrera política del conseller? Existen igualmente algunas teorías, pero todas sin pruebas y, por ello, insidiosas. En esta situación, la presunta verosimilitud es mejor dejarla también en el cajón.
En todo caso, ni Gerardo Camps ni su antiguo amigo Francisco Camps precisan de fusilamientos al amanecer ni otras ayudas para caer ellos solos y boca abajo en la cuneta del descrédito. Esclavos de sus palabras y comportamientos, la actuación (o más bien la falta de ella) de ambos acerca de las cajas de ahorro valencianas y su improvisada teoría de la fusión están poniendo negro sobre blanco sus respectivas capacidades. Especialmente las de liderar la política económica y financiera de la Generalitat Valenciana, planificar su futuro y poner en marcha los mecanismos necesarios con los que remontar la crisis económica en un país, el valenciano, que cuenta con sobradas cualidades y potenciales para hacerlo pero que, paradójicamente, se halla bloqueada en la más inmisericorde de las parálisis administrativas que se recuerdan de su historia reciente. A los dos Camps les resultó fácil la gobernación del territorio mientras los vientos favorables soplaban sobre la economía global, se deslizaban alegremente sobre burbujas varias y el dinero brotaba bajo las piedras de las conselleries (en realidad, de su incontenible deuda pública). Pero ahora que han cambiado los vientos y llegado el momento de demostrar su destreza como gobernantes, nos encontramos en cambio en un escenario de falta total de liderazgo en el que sólo las beatas (y beatos) siguen creyendo en el presidente.
Con las cuentas públicas descuadradas y a la deriva, los dos Camps y en general el Consell y sus instituciones deambulan entregados a la vida contemplativa —alguno a la gran vida— mientras la economía valenciana zozobra sin dirección y al albur de lo que una clase política desnortada (y no sólo la gubernamental) pueda dejar de hacer. Hace años que el Gobierno valenciano debería haber planificado un modelo financiero y económico autonómico (y sanitario y educativo y cultural...) que fijara el papel de la Bolsa, de la inversión y la deuda públicas, de las sociedades de capital riesgo y el capital emprendedor, etc., en el que las cajas autóctonas tuvieran su papel. De planificar su fusión en una, grande y poderosa —al estilo de la Caixa en Cataluña— y haber establecido los procedimientos adecuados, un estudio independiente sobre sus costes y beneficios, una estrategia eficaz para llevarla a cabo que tal vez contuviera una reforma de la Ley de Cajas que limara obstáculos... A estas horas sólo restaría chasquear los dedos para poner en marcha la operación. Pero no. Francisco Camps se comprometió inicialmente y con cierta premura cuando accedió al Consell en 2003 —¿por contradecir a Zaplana?— a permitir a las cajas evolucionar al ritmo marcado por sus órganos rectores y directivos. Ahora no vienen a cuento improvisadas manifestaciones a favor de la fusión que incluso podrían conducir a un trauma social y político a esta sufrida autonomía nunca suficientemente vertebrada (Lerma no supo o no pudo acabar su trabajo y sus sucesores estaban a otra cosa).
Así que de chapuza en chapuza hasta el descalabro final, bajo la atenta expectación de los boquiabiertos pero pasivos dirigentes empresariales. O algo cambia sustancialmente en la gestión de esta Comunitat o nos estrellaremos con precisión contra los acantilados de la nada. Y lo peor que se puede hacer en estas circunstancias es tanto sobreactuar como quedarse de brazos cruzados sin saber por dónde tirar, las dos actitudes favoritas de nuestro Gobierno regional. Posiblemente ya sea demasiado tarde para oponerse a los largamente esperados designios del Banco de España (otro de los grandes indecisos de este país), aunque si, como opinan los que saben, el mapa jurídico-financiero de las cajas de ahorro va a ser irreconocible dentro de un par de lustros, tal vez no fuera mala opción relajarse y gozar mientras nos fusionan.