Hace días, Nicole Kidman confesaba que a lo largo de su vida había experimentado con extraños fetiches sexuales. Anteayer hablaba de su goce por tener los pechos mayores, a raíz de su maternidad. Nicole parece empeñada en no dejar de inquietarnos. Tal vez todo empezara con aquel papel en «Eyes Wide Shut», supuesto testamento de Stanley Kubrick. El desasosiego provocado por las fantasías sexuales de la chica (Nicole) atraviesa de cabo a rabo la película, la carga de electricidad nada estática, dejando en un segundo plano la barroca orgía ritual que endosa Kubrick en el centro de la historia. Desde entonces sabemos, con la certeza que da el instinto, que Nicole es una de las diosas mayores del panteón. Puede que nos seduzca su impávido sentido de la autoridad, o tal vez su hielo, como el que corona algunos volcanes, o la sospecha de fangos bajo tan pulcra e impoluta belleza. Ufff...