Montaba la mesa como quien celebra una cena fastuosa, con vajilla especial, velas, vasos esmerilados, y un buen chianti, como hacía Hannibal Lecter, el exquisito y perturbado personaje de Anthony Hopkins en El silencio de los corderos, pero había una enorme y fundamental diferencia. Lo de Lecter era ficción. Lo de Armin Meiwes, el caníbal que se zampó fileteado el cuerpo del ingeniero Bernd Brandes en Rotemburgo, real, tan real que el caño de sangre que soltó al recibir el primer tajo en el pene, cenado entre ambos antes del definitivo corte en la yugular, estropeó la delicada mantelería al tiempo que un grito desgarrador recorrió la mansión de Meiwes, pero apenas fueron 30 segundos, decía Armin muy sereno en Entrevista a un caníbal en el Documentos TV de La 2. Fue un acto de amor. Al mismo tiempo Antena 3 emitía la descuajaringada historia de María Galera.
Interpretada por Olivia Molina, Un burka por amor, sobre la novela de Reyes Monforte, se trae aquí no por sus valores cinematográficos, escasos, paródicos, sino por eso, por lo que somos capaces de hacer cuando queremos a alguien. Visto desde fuera, no hay amor que justifique un burka, pero esa es la lectura fácil. Como fácil fue la recreación un poco guiñolesca de Afganistán en los bellísimos secarrales de las aldeas de Uarzazate, en el sur de Marruecos. La miniserie de Manuel Escudillo termina el martes próximo. Pero en La 1 aún pudimos ver en Españoles por el mundo cómo por amor, aunque sin burka, hay gente que se queda a vivir en Namibia, tiene chiquillos, y es feliz. Es raro el amor, y nos puede dar la vida, o hacer de ella un infierno. Un 17% de chicos dice que a las chicas les gustan agresivos y dominantes. Moraleja, cuidadito con el burka. Y ojo con los del amor.