La esperanza pide muy poco para sostenerse: por ejemplo, que unas cuantas familias valencianas acojan a unos niños saharauis de vacaciones o los adopten y custodien temporalmente. O leer el artículo No te vayas de Rosa Montero y percibir un dolor muy viejo, canalizado sabiamente, para decirnos que si la saharaui Aminatu Haidar se puso en huelga de hambre en Lanzarote no fue ni por un pasaporte ni por cualquier otro embrollo consular o materia de asilo, sino para llamar la atención. Me gusta que Cayo Lara haya visitado a la huelguista y también que se acuerde de los derechos del pueblo saharaui Rosa Díez, la dignidad no puede ser patrimonio de nadie, hay que ganársela.
Hace treinta y cinco años teníamos muchas ganas de vivir, de salir corriendo «tras el dinero y la carne», de librarnos del tirano enfermo y aún amenazante y de ser libres, guapos y europeos. Con tarjeta de crédito. Es comprensible que no prestáramos mucha atención a los últimos actos de un drama imperial de opereta, ni a la Marcha Verde de unos desesperados a quienes se ofrecía algo que ganar, ni al lejano y pequeño ruido militar que amortiguaban las arenas del Sahara. Bastante mili que habíamos hecho.
En estos treinta y cinco años, la República Árabe Saharaui Democrática se ha dedicado a llamar la atención: primero con ese gueto de Varsovia con chilabas que es Tinduf. Con golpes de mano y escaramuzas en territorios vagamente liberados porque son hostiles incluso para un escorpión. Siempre con maniobras políticas y diplomáticas y los ojos puestos en unas Naciones Unidas que aún no han sido capaces de imponerle al sátrapa de Rabat el referendo que anunciaron. Ahora los saharauis prefieren las acciones civiles, pacíficas, en su propia tierra al precio de la libertad o de la integridad, en una especie de martirio atenuado que a veces pierde los atenuantes. Como nuestros gobiernos de ahora y de antes no parecen poder desasirse de los compromisos con el vecino marroquí, nos toca actuar a los ciudadanos.