Demasiado poder demasiado tiempo

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Pedro Muelas

Prefiero que me acusen de dar muerte a un tirano que de ampararlo», dijo al tribunal Santiago Mainar, con ese exceso de narcisismo que le delataba en cada una de sus declaraciones cuando se le juzgaba por haber matado a Miguel Grima, el alcalde del pequeño pueblo de Fago, 37 habitantes en el crudo invierno, del que fue amigo en otros tiempos. Poco después, la Guardia Civil detenía al alcalde de Polop, Juan Cano, acusado de haber urdido el crimen del hasta entonces alcalde de la población, Alejandro Ponsoda. A Juan Cano se le están cayendo ahora todos los muros de silencio que había levantado en torno a una gestión que tenía más que ver con la imposición que con la democracia, con la ratería que con la justicia… Y sólo acaba de empezar la demolición. Esta semana ha tenido que dejar su cargo de alcalde en Alberic, Enrique Carpi, cuya gestión ha estado plagada de escándalos, imposiciones y arbitrariedades hasta el punto de que sólo gracias al motín de concejales y dirigentes del PP se ha visto obligado a desalojar el despacho.
La figura del alcalde está en peligro por culpa de ejemplos así. El alcalde de la población corre peligro porque, aunque parezca inverosímil en los tiempos que corren de tanta información, de tanta participación y tanto control, la especie del «tirano», del reyezuelo, del cacique político se sigue reproduciendo a base de crear una red clientelar, cimentada en el nepotismo y en las facultades que les dan las leyes al primer edil, sobre todo en localidades menores. Todos conocemos de cerca un ejemplo. El joven concejal que llega con ilusión a la alcaldía, sin una corbata que llevarse al cuello, y luego lo convierte en su forma de vida… propia y de los suyos… cuanto más tiempo mejor, y si es para toda la vida, ideal, a base de chanchullos, muchas veces obscenos y miserables… ¡de alguna forma habrá que ganar dinero! Hay casos en que esa vocación de entrega es encomiable y fructífera para los pueblos, pero, por regla general, el poder corrompe y el coche oficial, acomoda. Los alcaldes sempiternos tienen ese lado oscuro, esa tentación constante. Y la falta de un límite de mandatos es la puerta de acceso. La falta de límites puede llevar a situaciones como las que hemos vivido recientemente. De alcalde querido, a alcalde odiado.

Nos sobran plazas. Tras la noticia de este periódico de que la catedral y la basílica van a pedir a Rita Barberá una regulación de usos de la plaza de la Virgen, para que no se moleste en los oficios religiosos y se celebren actos en tiempo y forma acordes con el entorno, ha vuelto el debate, de rebote, sobre la plaza del Ayuntamiento de Valencia y cómo transformarla y convertirla en un recinto vivo, donde se organicen acontecimientos públicos y sociales, como pasa en cualquier plaza central de cualquier parte del mundo. La verdad es que da un poco en tristona y más ahora en Navidad… que no hay forma. Pero, aunque la fiesta continúe, que diría Ricardo Costa, no hay tantas actividades en esta ciudad, si, además, queremos que la dársena del puerto de Valencia, abandonada como está, sea también otro foro de manifestaciones lúdicas. Nos faltan granos para tantos silos.

Los poderes de Blasco. Rafael Blasco entró-siguió en el Consell de Francisco Camps por razones que uno desconoce pero que puede imaginar. Su gestión, llamémoslo así, en lo que queda de Territorio y Urbanismo en Valencia hizo que las siguientes remodelaciones le llevaran a conselleries cada vez con menos competencias… ¿por qué no sacarlo del Consell?… hasta llegar a la conselleria auténtica «maría» de Inmigración, desde donde ha vuelto, gracias a Gürtel, a colocarse en primera fila, de almohada de Camps, de rosario de cuentas , diría yo, con todos los poderes… ¿pero cuántos? ¡No lo supimos hasta el viernes! Blasco, a parte de reactivar el grupo popular silente de Costa, de darles un sentido a sus desnortadas vidas, ha podido sacar de las tinieblas a Alicia de Miguel, el zaplanismo durmiente y más de Valencia, con el permiso, por supuesto, de quien otrora despotricaba de ella. Dios mío.

La independencia de la justicia. Al vapuleo general de la justicia se unían el viernes los abogados. Ante los nuevos letrados valencianos, el decano del colegio Francisco Real, pidió a los políticos que dejen en paz a los magistrados, que les dejen ser independientes, que es el principio fundamental del Estado de Derecho. Viaje al PSOE por la querella, viaje al PP por lo mismo. Estoy con ellos. Pero que tampoco se dejen hacer algunos. Que los hay.

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