Se ha vuelto a abrir el debate sobre la limpieza del lago del parque natural de la Albufera. Los dineros del Plan Zapatero que se han invertido en retirar basura y limpiar la red de canales han puesto el asunto sobre la mesa. Tanto que el Ayuntamiento de Valencia ya tiene dos informes previos sobre la posibilidad de limpiar los lodos tóxicos del vaso: uno a favor y otro en contra. Por un lado, el Consell Valencià de Cultura señala como imprescindible retirar los lodos —«mientras la Albufera tenga el fondo que tiene ya puede recibir el agua más pura que se volverá tóxica y de mala calidad…» — y, por otro, la Confederación Hidrográfica del Júcar es más cauta y antepone la recuperación de aportes hídricos y la reestructuración del ecosistema al dragado, ya que supone remover los lodos tóxicos. Asistimos a una lenta recuperación de nuestro parque natural más próximo, con una trascendencia que va más allá de nuestras fronteras. Todavía llegan vertidos industriales y agrícolas y las aportaciones hídricas resultan insuficientes y de mala calidad. Ése es el gravísimo estado de la cuestión. El choque de las dos posiciones es una mala noticia: puede ralentizar la llegada de las soluciones. El debate encontrado es a menudo parte del problema más que el principio de la solución. La Albufera no es un parque urbano que se pueda barrer y limpiar sin más. El sentido común dicta que se acometa lo más urgente: impedir que sigan llegando al lago la basura, lodos y aguas residuales y estudiar a fondo lo que podría ser un mal irremediable.