Enemigos cordiales

Francisco Mora

 21:08  
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R Resulta curioso observar lo que escriben los lectores sobre los artículos de opinión que aparecen en los periódicos. Curioso y aleccionador, puesto que, aunque los periodistas que tenemos más pasado que futuro estamos hartos de saberlo, nos ofrece la evidencia de que escribir de política es hacerse acreedor a la fobia de los políticos y sus partidarios, La experiencia nos reafirma en la realidad de que el periodismo y la política son dos viejos conocidos que se miran mutuamente con recelo. Como si dijéramos enemigos cordiales en potencia. Las reacciones que provocan los artículos de opinión son muy reveladoras sobre las causas de esa realidad. Hasta el punto de que el periodista que crea que tiene un amigo político, que le rece a San Apapucio obispo, patrón de los betuneros, para que le cuide los juanetes porque Santa Lucía ya no tiene nada que hacer con sus vista.
El posicionamiento político es incompatible con la independencia y la ecuanimidad periodística. Lo que mas acerca al periodista a la práctica honesta de su oficio, es ejercerlo con total y absoluto distanciamiento de cualquier idea o compromiso político, y sin temor a las reacciones que puedan provocar sus opiniones. La opinión del periodista puede que no sea el Evangelio, pero, sobre todo cuando parte de posiciones de independencia respecto a partidos políticos y grupos de presión, es la expresión de un derecho constitucional, del que escribe y del que lee, que debe ser respetado. Porque puede haber periodismo sin democracia, aunque sea en precario, pero todavía está por demostrar que la democracia pueda existir sin periodismo practicado con libertad de expresión y de opinión. En esta profesión nadie es san dios, ni tiene porque serlo. Con estar comprometido con la democracia y no entrar en conflicto con el Código Penal, basta y sobra para saber que se esta en el buen camino. Y si tanto los de un color como los de otro hablan pestes de uno, mejor que mejor. Esa será la prueba del nueve de la existencia de ese bien tan escaso que es la independencia en el ejercicio del periodismo.
El político siempre tiende a colarle a uno moneda falsa. La intoxicación es un arte que practica el vivaqueador de la política siempre que habla con un periodista. La cercanía del profesional del periodismo que no come en su pesebre, les produce urticaria a los políticos instalados en el poder. Dan palmadas en la espalda, sonríen y fingen simpatía pero en el fondo piensan, como los antiguos piñaristas, que somos la canallesca. Y ¿por qué vamos a negarlo? Nosotros, sobre todo los que llevamos ya muchos años en este maldido y hermoso oficio, tampoco nos sentimos cómodos en su compañía. Sabemos que la amistad con ellos es una entelequia.
Tenemos intereses distintos. Ellos se han erigido en una clase al margen de la realidad de los demás ciudadanos. Una clase dedicada a trepar para ganar posiciones en la cucaña del poder, y están dispuestos a dejar en el camino lo que haga falta para conseguir sus fines. Nosotros tratamos de informar a nuestros lectores de la máxima porción de verdad sobre las situaciones, en ocasiones aberrantes, que origina su exagerada ambición, e intentamos ayudar a la comprensión de las cosas de la política y de los políticos con el análisis de sus acciones u omisiones en los artículos de opinión. Y claro esta, eso choca con sus auténticos intereses. Nos preferirían a sueldo en sus gabinetes de prensa, ciegos, sordos y mudos o cavando zanjas para plantar almendros en las Hurdes. Y lo malo es que sus seguidores jamás admiten sus errores y trapacerías. Toda la información u opinión que pueda perjudicar a su partido son mentiras con las que sus adversarios políticos nos intoxican. Las declaraciones en radio, prensa y televisión de sus líderes, y la opinión del partido que ofrecen sus órganos internos de prensa y los periódicos escorados claramente a su favor, son la verdad revelada para ellos.
En sus muchos años de trinchera periodística, uno ha escuchado opiniones muy variadas sobre el mejor destino que convendría darle al periodismo libre e independiente. Sobre todo por parte de muchos políticos a los que se les llena la boca de democracia y de promesas de libertad para pedir el voto, pero que cuando consiguen situarse en la confortabilidad del cargo darían cualquier cosa porque el televisor se convirtiera en un frigorífico, la radio en una ratonera y el papel prensa en servilletas de cocina o papel higiénico.
Recuerdo que en uno de aquellos celebres almuerzos de Navidad con que nos obsequiaba a los periodistas Jordi Pujol, que generalmente aprovechaba para impartirnos doctrina, un año pretendió incluso enseñarnos a titular las noticias. Y llegó a decirnos: «¿Por qué no escriben que cada fin de semana juegan a la petanca en las eras y solares de Cataluña muchos miles de viejecitos? Eso seria hacer una prensa positiva y beneficiosa para el país, y no hurgar en todo lo que no va bien como hacen ustedes». Nos miramos unos a otros, asombrados del valor del menda. Pero ninguno lo tuvimos para mandarlo… a jugar a la petanca, por ejemplo.

El puyazo: El «zurriagazo». El ferrolano, en sus cuarenta años de poder omnímodo, no pudo acabar con la afición de los españoles a la política. Nos amordazo y nos maniató, pero hablábamos y escribíamos a escondidas o en clave. Franco no consiguió hacernos odiar la política, sino su política entendida como mando. El general abominaba de la democracia. Sólo creía en el ordeno y mando. Pero lo que él no logró en cuarenta años, lo han logrado en mucho menos tiempo los demócratas de pacotilla que amenazan con romper la baraja si no les dejan hacer lo que les da la real gana. Se han cargado el auténtico sentido de la libertad. Aquí ya nadie cree en los políticos ni en las instituciones. Negar el mal no pone freno al daño que origina. Los nacionalismos se quitan la piel de cordero cuando creen contar con la complicidad de un cipayo cordobés y de un presidente, que les prometió que lo que ellos aten en Cataluña atado quedará en Madrid. Están tan crecidos que el más tonto del grupo grita sin rubor: «Hay que matar a los del PP». No es de creer que Pujol se refiriera a esto cuando habló de la necesidad de un «zurriagazo».

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