Arrancaron como dos amigos paseando a las puertas del palacio. Uno era el inquilino temporal, otra la visitante del momento. A esas horas de la noche, la Moncloa era sólo un vetusto edificio en silencio, aunque muy iluminado porque la televisión requiere que los entrevistados se vean sin sombras, caretos apergaminados, y a veces, para parecer naturales, sonrientes, o muy sonrientes. Subiendo las escalinatas, Mamen Mendizábal ya le arrancó a José Luis Rodríguez Zapatero un titular, que sí, que si Rajoy quiere él será quien suba estas escaleras antes de navidad. ¿Lo confirma?, insistía la periodista de La Sexta.
Sin embargo, a mí me recordó las maneras de la prensa caníbal, y lo juro por el patrón del Alakrana que no pienso sólo en los reporteros asfálticos de ¿Dónde estás, corazón? Que sí, que sí, decía el presidente. La cámara los siguió hasta el noble salón. Y allí, en mitad de un mar de alfombras, solitos, empequeñecidos por la inmensidad de la sala, pasó lo que pasó. Sus figuras se empequeñecieron aún más hasta arrinconarse en la esquina superior de la pantalla, ocupando el centro la única economía sostenible del negocio, los anuncios, desde Vueling a la presencia fantasmal de Raphael, que volvió con la traca de los villancicos porque, pregunta, ¿qué sería la navidad sin ellos? No sabe este señor lo que yo daría por saberlo. Acabada la tanda, creo que empezaron a hablar en serio, o eso fingieron, o eso interpretamos cuando habla un político y un periodista. Economía, Sitel, ETA, Gürtel, PP, saharauis… A mí me gustó más la parte liviana, ese ejercicio de síntesis para definir con una palabra a Berlusconi, muy popular, Sarkozy, gran político, Hugo Chávez, imprevisible. Total, que Zapatero se ríe con Wyoming.