No asiste al teatro, acude al cine o lee novelas y es consciente de que suspende su razón crítica durante un tiempo para aceptar que Edwar G. Robinson es Al Capone cuando no lo es o que Robert Redford adopta la faz de aquel periodista sagaz del caso Watergate cuando no se asemeja ni a su sombra. Gil Albert divagó sobre la materia en uno de sus libros: la clientela cinéfila sabe que es «engañada» y lo aprueba gustosa. Por una parte, el espectador se somete al «truco» con placer. Por otra, el actor que representa al personaje acepta que su recreación es fugaz. Ambos paralizan su razón crítica por unas horas. Jorge Alarte ha de haber activado el mismo proceso, estimulado por las circunstancias o por la mecánica de los hechos, que ruedan como un blindado. En el episodio de la posible fusión de las cajas valencianas acaban de fijar posición los socialistas, dando un giro importante a sus planteamientos originales. En el PSPV no admiten el cambio, sin embargo. Juran que plantaron su semilla desde el primer día y que no han variado su ubicación en ese mapa plagado de colinas como alfileres y de abismos capaces de tragarse un objeto volante. En todo caso, ¿repite Alarte la misma música –que habrá sido escuchada con sordina– o expone una mutación empujado por la teatralidad pasajera? ¿Liquida temporalmente la razón crítica y desvía la mirada como quién huye de toda complicidad o sospecha a fin de conjugarse con los acontecimientos?
Por el momento, Alarte reclama consenso. Consenso social con los trabajadores, para que no salgan perjudicados. Consenso territorial, para que las tres provincias acepten el nuevo escenario financiero. Consenso político, para garantizar la estabilidad y el futuro de la decisión. Además, acepta el núcleo de la cuestión. Hay que proteger la viabilidad de las cajas de ahorro valencianas y –ay!– deben mantener los máximos niveles de valencianidad en el «proyecto económico de la Comunitat Valenciana». ¿Proteger la viabilidad de las cajas, mantener su valencianidad? Esos velos tendidos sobre el posible riesgo –decir lo que se piensa pese al enfado de las aristocracias de uno u otro confín– no disipan su intención: cualquier fórmula pasa hoy necesariamente –porque hablamos de hoy, no del pleistoceno– por la búsqueda de una alianza valenciana. A no ser que el discurso de los socialistas valencianos sea más raro que un ornitorrinco, y no se quiera decir exáctamente lo que se pretende decir, la conclusión es una. Alarte, por primera vez, es claro –aunque sea espeso– y su apuesta es firme –aunque sea vacilante–.
El Senado. Media ejecutiva socialista se desplazó ayer a Madrid para coronar a Leire Pajín como senadora tras el bloqueo sietemesino del PP valenciano. Tanto fue el ardor, tanta la fogosidad, que hasta acudió la titular de la cartera socialista de Educación, Pilar Sarrión: desembarcaría por los pelos en las manifestaciones convocadas contra la política educativa del Consell, en horas crespusculares, y en las capitales de las tres provincias. La cuestión era congregarse en torno a Pajín, que es la que manda en el PSOE, y el día de su exaltación. Las celebraciones son signos vehementes de las tribus. En esta ocasión, además, había que gestualizar el rechazo a las aireadas divergencias entre Pajín y Alarte. Es posible que se lograra. O no. Pero la voluntad –media ejecutiva camino de Madrid– ha sido manifiesta. Y luminosa.