Desconcierto social

Enrique Herreras

 22:16  

Hoy se habla, y mucho, de la complejidad de nuestro mundo. Y ello conlleva, entre otras cosas, que la voluntad se separa de sus efectos y, por tanto, la voz de la moral se desconcierta. Así ocurre en un asunto tan trascendental como es el de la pobreza, ya que esta complejidad hace que, como decía Günther Anders, «nunca podamos estar seguros de lo que estamos haciendo cuando hacemos lo que hacemos». Nunca podemos estar seguros, pero la realidad es que más de la mitad de la población mundial actual tiene que conformarse con menos de dos dólares diarios, y más de 1.300 millones de personas intentan sobrevivir con un dólar al día.
Por éstas y otras razones es importante estar atentos al VIII Congreso de la Asociación Internacional de Ética del Desarrollo, IDEA. El congreso lleva por título: Ética del desarrollo humano y justicia global. Pero es el subtítulo el que completa el sentido del mismo: Instituciones responsables ante el reto de la pobreza. Es cierto que hay grados de responsabilidad, que el desarrollo humano exige de muchas organizaciones solidarias, y, claro, del trabajo conjunto de instituciones políticas, económicas (sí, las empresas multinacionales tienen mucho que decir en todo esto), pero también de una ciudadanía activa, sensible al vil problema de la pobreza.
De todos modos, predomina la idea de que mientras no cambie la acción política y los centros de poder, el voluntarismo moral se topa con un muro de meras lamentaciones, pero también habría que percatarse de que dichos centros de poder pueden acampar a sus anchas gracias al predominio de una determinada cultura, como la del éxito económico. Sirva de ejemplo, como nos recordaba en un artículo Vidal-Beneyto, la que expone Dany Robert-Dufour en su obra La revolución cultural liberal, donde se llega a proponer 10 mandamientos para el éxito. Entre ellos: «Los otros serán sólo instrumentos para el logro de tus objetivos».
Esta glorificación del individuo y del triunfador social tenía que traducirse en una radicalización de la desigualdad. Por ello, más que confusión, o perplejidad, lo que parece es que la sociedad del bienestar ya no quiera derribar más muros después del de Berlín. Y el gran muro de la vergüenza (aparte del de Palestina) está todavía por abatir. Y puede hacerse si se encuentran los buenos diagnósticos, como los del economista y premio Nobel Amartya Sen, para quien la pobreza no es sólo falta de medios, sino, ante todo, «falta de libertad para llevar a delante los planes de vida». El PIB no mide el desarrollo, sino la libertad.
Acabar con la pobreza no es una posibilidad más, o uno más de los objetivos del milenio, o simple autointerés (que también lo es), sino una exigencia racional. Razón frente a escepticismo (Sen). Y, de paso, frente a desconcierto moral.

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