Madre en huelga de hambre, en protesta por haber sido separada de sus hijos y su país por causas políticas. No hay libreto político que aguante un argumento así. Bien mirado, lo que mejor define nuestra sociedad es que un individuo, si pone el cuerpo por delante, como apuesta, puede hacer saltar por los aires el tinglado. No en vano lo que somos viene de dos que antes lo hicieron a lo grande, y con una intención política (digámoslo así) muy clara; por orden cronológico: Sócrates y Cristo. Episodio perinatal de nuestro ser colectivo, o sea, lo que lo ha modelado en el trance de nacer. Esto, quiérase o no, define más que cualquier otra cosa nuestro invento: Occidente. Eso que llamamos individualismo, y expresamos en frases ampulosas, como «valor superior del individuo», o «supremacía de la dignidad humana» no es más, en el extremo, que el poder de cada uno para redimir a todos.