Alguien tendrá que decirlo. El asesinato del alcalde de Polop, el señor Ponsoda, es cualquier cosa menos un episodio imprevisto, al modo de los desastres naturales, sino una lógica culminación, un salto cualitativo. Yo no sé si lo hizo Juan Cano —eso que lo establezca el juez—, pero está claro el crimen —asesinato— y el motivo (ya que no aparecen faldas por ningún lado): la codicia defraudada o al acecho de una mejor oportunidad. Durante demasiados años se quebrantaron ordenanzas —especialmente por quienes las habían promulgado—, se burlaron, repetidamente, directrices europeas, se saqueó a fondo el territorio en accesos de loca autofagia, se alzaron y derribaron equipos de gobierno local al gusto de los dueños de las grúas y en el sur de Alicante se instalaron unas nuevas mafias que ya no se conformaban con blanquear dinero y mantenerse en paz con sus vecinos, sino que extendían hasta aquí sus pleitos dirimidos a tiros.
Bienvenidos a la tierra de las oportunidades. ¿O era Chinatown? Como me dice un amigo, gran lector, nuestro infortunio es, como casi siempre, fruto de la mala cabeza: se agotaron a la vez las ayudas europeas y los frutos en apariencia inagotables del ladrillo. Otros amigos, de la izquierda genérica, me aseguran (y no me sorprende) que en esta subasta de honras quien sale relativamente mejor parada es la Administración central. Sí, ya lo sé, Zapatero no es Roosevelt, ni siquiera Felipe, pero entre gürtelillos, prenafetas y mallorquines en palacio (de saldo), hay que reconocer que aunque su armadura no resplandezca como la de la doncella de Orleans, es un auténtico bollycao.
Ya en tiempos de Rodrigo Rato, el Gobierno central reclamó la devolución de unos fondos destinados —y no usados— en el remozamiento de la línea 1 del metro, sí aquélla en la que encontraron la muerte 43 personas. No es que TVE sea la BBC, pero al lado de Canal 9 es el espejo de la verdad. En fin, ¿no será el territorio algo demasiado importante como para dejarlo en manos de los concejales de Urbanismo?