Según los cálculos más optimistas, a la izquierda del PSPV mora un 15% del electorado, de susceptible seducción. En eso están EU, por una parte, y el Bloc, con los satélites de Iniciativa y Els Verds, por otra. En las últimas elecciones autonómicas sumaron unos 2o0.000 votos. Juntos. Por separado, en 2003, alcanzaron casi 60.000 más (154.000 EU, 103.000, el Bloc). Como las matemáticas engañan, y dos y dos nunca acaban en cuatro, los intentos de coligar fuerzas políticas adyacentes para captar una clientela supuestamente afín concluyen con fugas sumarísimas hacia los otros partidos. La complicidad del PSPV de Pla con EU espantó a las potenciales clases medias, tan moderadas como maleables. Del mismo modo, Almunia y Frutos sellaron un pacto para entregarle España a Aznar, un descalabro apoteósico que dejó al hoy mandamás europeo sin atributos y a su partido, a dos velas. Aún fue repescado para su puesto actual. Cuanto peor, mejor.
En la geometría política, ese territorio vasto, de composiciones elásticas, flexible como la espuma y gaseoso como una bebida carbónica, al que se denomina «centro» suele bascular con unos espasmos que desconciertan a partidos y politólogos. Su amplia masa ejerce el voto transversal, el voto útil, el voto «mecánico conservador» –además del voto fiel– a poco que el suelo inicie un suave movimiento bajo sus pies. Hace tiempo que el «proletariado» dejó de identificarse con la izquierda y hace tiempo también que la oferta ideológica de la izquierda sobrevive en medio de un ocaso prodigioso e incierto. Basta ver Europa y basta observar el naufragio de esos márgenes y los de la socialdemocracia misma.
Y, sin embargo, el ámbito a la izquierda del PSPV aún tiene mucho que decir. Sobre todo porque aquí se ensambla, necesariamente, con el valencianismo político. Ha de repartirse su herencia y ha de gestionar su futuro. No es una misión huera aunque pueda ser frustrante. Lo es, de hecho. Entendámonos: ese valencianismo –postfusteriano y diluido– nada tiene que ver con la «valencianidad» que los dos partidos mayoritarios ofrecen en el mercadillo ideológico y que cautiva, con su carga sentimental y su barniz colorinesco, al ciudadano medio, entregado a la compra pasional del producto barato y fácil. La «valencianidad» del PP parte de UV. La del PSPV es transversal y se aproxima, cada vez más, al tronco del que deriva el modelo conservador. Un regionalismo mestizo, untado con pizcas de modernidad, refractario a cualquier «proyecto común» y temeroso de asumir cualquier riesgo.
Ayer, el Bloc de Enric Morera selló el pacto con Iniciativa (Mónica Oltra) y Els Verds (Carles Arnal) para concurrir a las elecciones de 2011. Su intención: movilizar a ese electorado multicolor, versátil y disperso que esquina a los grandes partidos. La realidad inmediata del Bloc: el apuntalamiento rudo en la izquierda, su fuga definitiva del centro en el que algún día se posó. Menos Convergencia y más UPV, si se me permite. Ocurre que en eso mismo está EU a través de su Convocatoria Ciutadana pel País Valencià, ese paraguas que traslada un mensaje nítido: somos el PC pero no sólo el PC, nuestro recorrido es más amplio.
Y la pregunta es inevitable. En un escenario que avanza en marcha triunfal hacia el bipartidismo, ¿la fragmentación de la izquierda valencianista, repartiéndose el mismo voto, no ha de provocar un engendro monstruoso? El mayor: desaparecer, unos y otros, de las Corts.