El proyecto de derribo del muro perimetral del Jardín de Monforte, en Valencia, ha suscitado en pocos días el rechazo unánime de partidos políticos, especialistas, colectivos y personajes relevantes que han condenado el plan que pretende llevar a cabo el ayuntamiento de la capital con el único aval de dos folios y medio de informe de la Conselleria de Cultura.
Declarado Jardín Histórico Nacional en 1941, un título que pocos espacios tienen en España, Monforte encarna la esencia de un espacio cerrado, de disfrute íntimo, de contemplación sin interacción, como saben quienes lo recorren desde que pasó a propiedad municipal y fue abierto al público con horario de visitas.
Pese a su condición monumental, que obliga a velar por él en su conjunto, sin alterar ningún elemento que podría perjudicar a la totalidad, vecinos de apellidos conocidos han creído que podían impulsar una intervención en su beneficio cercano, el de quienes viven en las fincas del Pla del Real que han acabado rodeando el jardín y poniendo el peligro la aireación de sus árboles, excusa usada ahora para sustituir el muro por una valla, pero el plan ha encontrado rechazos, como el del ex conseller de Cultura Fernando Villalonga, miembro de la familia a la que perteneció el también conocido como Hort de Romero, o el ex presidente de Bancaixa, Julio de Miguel, quienes advierten de que aún se está a tiempo de evitar un atentado contra el patrimonio, contra un jardín que no debe ser parque.