Hoy Rocío inicia sus observaciones en el salón. Y así es. Rocío Ramos, en una esquina del salón, pertrechada con papel y lápiz, aunque debería llevar casco por si las moscas, observa al cachorro, un potro de 5 años gruñón, maleducado, caprichoso, porculero, un gran tirano, un peligro, y anota impasible, como una policía muda, cuanto ve. Cuando al potro lo sacan a pasear para que desfogue, para que conozca otras esquinas de la selva, sus padres se esmeran en la elección. Al centro comercial.
El potro, encandilado por los reclamos golpea con sus puñitos el cristal de los escaparates, pero como la mamá, solo unos minutos, trata de no hacerle caso, la fiera empieza a dar patadas y a gritar. Quiere lo que ve, lo quiere todo. La mamá trata de explicarle que no puede ser. Y una mierda. Si me habéis traído a un centro comercial, ya sabéis, aprendo rápido. Así es. Al siguiente plano el mocoso sale de una tienda con una enorme caja, que más tarde, en casa, olvidará arrumbada en un rincón porque le importa un huevecillo lo que contenga, lo que haya costado, el juguete, lo importante es haberse salido con la suya.
Es razonable que a estas alturas, Rocío Ramos, la sicóloga infantil de Supernanny, en Cuatro, haya dejado de anotar porque uno, que no es Rocío ni Supernanny, pero tal vez sea sensato, ya tiene el veredicto y llega a la misma conclusión que la experta. Esa bestia que crece en casa, ese potro que marca cuándo, qué, cómo, y dónde come, que desmonta muebles, rompe cuadros, y patea a la hermana adolescente, una víctima con ojeras que estudia a ratos, cuando el hermanito la deja, tiene un problema, sus propios padres. Ignoran lo más simple, las NORMAS. Y parece que el potro jamás escuchó la palabra NO.