Bien es verdad que la decisión de la comisión evaluadora del Ministerio de Educación de señalar la propuesta de las universidades de Valencia y Politécnica como «prometedora» no debe ser contemplada de forma desastrosa, ya que el camino que se andó hasta llegar a ella, con la unión apresurada de ambas instituciones, ha restado más que sumado en esta convocatoria, pero en cualquier caso ha sido una pésima noticia que sirve para revisar el panorama de la investigación en la Comunitat Valenciana con inquietud. Si a ello añadimos el balance de que el Centro Príncipe Felipe, la joya de la corona de la Generalitat Valenciana para la investigación y el desarrollo, ha cerrado 13 de los 25 laboratorios que abrieron cuando tan encomiable centro abrió sus puertas hace cinco años, el panorama empieza ensombrecerse.
Porque en estos momentos de crisis nadie duda, al menos teóricamente, de que el futuro pasa por la Ciencia y su aplicación tecnológica. Tanto en términos de conocimiento como por sus beneficios para el desarrollo sostenible y por sus ventajas y plusvalías que aporta a la competencia industrial y comercial.
Presupuestos a la baja La CV verá reducida la aportación gubernamental para nuevas instalaciones en un 68%. Pasamos de 5,5 millones a 700.000 euros, frente a cantidades astronómicas como los 78 millones para Madrid o los 22 de Andalucía. Mal empezamos el curso. Con este recorte la CV, que es la cuarta autonomía en número de habitantes, baja hasta la duodécima posición en el ranking de comunidades por inversión regionalizada en I+D y se retrasa, por ejemplo, la puesta en marcha del centro de física médica. En proyectos de investigación, el gobierno destinará este año 430 millones para la convocatoria trianual de proyectos de I+D. Prácticamente la misma cantidad que en 2009 pero para cubrir más áreas. En 2009 los proyectos de investigación no orientada de la CV ocupaban el cuarto lugar. Ante la baja de los presupuestos — el porcentaje del PIB no llega al óptimo del 2%—, que ya ha costado la destitución del secretario de Estado, hay un aspecto que preocupa y es la caída de la I3, a los llamados «cajales», que les ha dado hasta ahora cierta estabilidad, pero para 2010 se reduce de 46 millones a 28. Si anotamos aquí que el 80% de los jóvenes investigadores que va al extranjero no vuelve y lo contrastamos con el dato de que España necesita unos 50.000 nuevos para llegar al nivel de excelencia que requiere el país, estamos ante una evidente y parece que insuperable contradicción. El premio nobel de Medicina Hamilton Smith decía el miércoles algo tan simple como que para evitar la fuga de cerebros es necesario destinar más dinero, esa fue su receta. Pero el «money» no llega en la cantidad deseada. El Consell Valencià de Cultura no ceja de reclamarlo: «Estamos a un nivel que no es el que nos corresponde», denuncia su presidente Grisolía. El conseller Rambla ya ha contestado que el Consell incrementará un 13,3% esa partida . ¿Es real, es suficiente?
Empresas esquivas Lo comentaba el viernes en Valencia el presidente de Tecniberia, González Vallvé. Las empresas y administraciones ahorrarían un 10% en modificados de obra si confiaran más en las consultoras. Las palabras del vicerrector de Investigación de la Universitat de València expresan aún mejor el problema: «Las empresas han de convencerse de que invertir en I+D no es un gasto, es una inversión». E. Morcillo considera que la innovación es el gran reto intelectual de este siglo. Hay que traducir, como reclama la ministra C. Garmendia, el conocimiento en valor económico. Es la clave, aunque suene a entelequia, del futuro desarrollo sostenible de nuestra economía, de nuestra sociedad. Pero para alcanzar esa transferencia se ha de construir una relación satisfactoria entre ambos, que acabe en inversión de la industria, por más que en la CV el alto porcentaje de pequeñas empresas constituya un handicap. No se reconoce que, si la ciencia recibe financiación pública, también produce negocio. Los titulados universitarios valencianos han generado un tercio del crecimiento de la economía en los últimos 15 años y 54.638 empleos. Sin la universidad nuestra renta per cápita sería un 21% inferior a la actual. De eso hay que convencer hasta a los líderes empresariales. Aún algunos se preguntan para qué sirve el dinero de las universidades, lo cual no sólo es una estupidez, es también un drama.