Hace tiempo se decía que el franquismo drogaba a la gente con misas, toros y fútbol. Después se murió el dictador pero las misas, los toros y el fútbol no sólo no menguaron sino que vieron cómo aumentaban sus beneficios económicos al amparo de la democracia. Esta semana leía las declaraciones del presidente del Valencia, Manuel Llorente, y me entraban ganas de llorar. Se quejaba el hombre de que su antecesor en el cargo, Juan Soler, había metido la pata con la construcción del nuevo Mestalla. Y el argumento para la queja era de campeonato: esa empresa titánica no debería haberse acometido con los dineros del club sino a medias con las instituciones. O sea: a medias con mis dineros y los de ustedes. El resultado de esa operación, según los lamentos del mandatario valencianista, era bien claro: la ruina en que la entidad futbolística anda metida desde hace la tira de años.
No sé para qué una ley decidió que un club de fútbol era una empresa privada. No sé por qué los multimillonarios presupuestos que manejan esas empresas han de estar a cubierto contando con el dinero de los contribuyentes. Pero para eso están los listos dirigentes y los políticos que se prestan -y con ganas- a mezclar su gestión con los chanchullos del negocio futbolístico. El viejo Mestalla -el único útil hasta la fecha- supuso una connivencia infame entre Rita Barberá y los sucesivos equipos de gobierno que se han sucedido en el club. El mismo conseller Blasco intervino en una reunión clandestina entre miembros de ese equipo y quienes aspiraban a serlo desembolsando una cantidad hiperrealista de euros que acabó en un cutre realismo costumbrista digno del peor Mariano Ozores, con Pajares y Esteso de protagonistas.
Los planes entre los gobiernos del PP y el Valencia Club de Fútbol llevaron a la construcción del actual estadio en la Avenida de las Cortes Valencianas. La siguiente pifia fue el lugar elegido: una de las zonas más congestionadas de la ciudad. La gente del barrio de Benicalap veía de repente cómo el prometido polideportivo municipal era enterrado, como la primera piedra que allí colocó un día la alcaldesa, en la desfachatez mastodóntica de un proyecto que ahora mismo, según las palabras metafóricas de Llorente, puede acabar con la misma pinta de derrumbe que el Coliseo de Roma. La culpa de todo, siguiendo el hilo de esas palabras, la tiene Soler, el anterior presidente. Y claro, Soler dirá que él sólo quería para el Valencia lo mismo que quería para sus negocios de la construcción: sacar millones a manta. Y si para eso hacían falta las ayudas, pues a buscar y exigir esas ayudas a los políticos con mando en plaza.
Pero llegó la crisis, la codicia prendió la espoleta del cemento y donde todo era un paraíso para empresarios metidos a gestores futbolísticos se desparramaba ahora la queja lamentable de los millonarios de antaño. Paso todos los días por delante del nuevo Mestalla. Y su visión me resulta cada vez más insoportable. Allí está la mole gris del despropósito, volcada sobre la pista de Ademuz, titubeante en su fragilidad de obra inacabada, como un dinosaurio que se balancea sobre la vida del barrio en su cruel envergadura de bestia inútil y apopléjica. No sé en qué quedará esta triste patochada. De momento me quedo con La bien pagá, la copla que cantaba un magistral Miguel de Molina cuando las misas, los toros y el fútbol se empezaban a juntar por decisión gubernativa para anestesiar a la gente. Me imagino a Soler y su fracaso empresarial y deportivo respondiendo a las palabras acusatorias de su sucesor: «No me eches en cara que to lo perdiste,/también a tu vera yo to lo perdí.» En el fondo, son como niños. Como niños que juegan a chivarse al maestro de lo que hace el compañero de pupitre y, cuando crecen unos años, siguen jugando juntos a hacerse millonarios con los sentimientos del fútbol. ¡Jesús, qué tropa!