En la polémica por la retirada de los crucifijos, y entre quienes se oponen, hay una línea argumental que no comparto, que no me parece sólida, ni válida ni legítimamente persuasiva: es la de quienes apelan a la tradición y a la cultura; la de quienes afirman que el crucifijo es un símbolo de la cultura europea que nos identifica y al que no podemos renunciar, so pena de que Europa no signifique nada; la de quienes, en fin, argumentan «ad absurdum» que «si se eliminan los crucifijos de los colegios también habría que hacerlo de la Cruz Roja, de las catedrales». No estoy de acuerdo con ellos, en primer lugar, porque se apela a la tradición y a la cultura de manera «esencialista». Se trata de una «definición persuasiva»: no se puede definir «cultura» y «tradición» como «eso» permanente que nos identifica, cuando la cultura es justamente lo que en nosotros cambia frente a la «naturaleza». El «brasero» por poner un ejemplo, formaba parte de la cultura europea y era una forma tradicional de calentarse en invierno, tradición que ahora mismo, sin embargo, es residual y casi inexistente. En segundo lugar, si aceptamos su argumentación, no podríamos justificar que el crucifijo haya desaparecido de los hospitales y ambulatorios, de los tribunales o juzgados, de las oficinas de Hacienda y de las comisarías de policía, entre otras instituciones. Si ellos tienen razón –si sus razones son mejores–, entonces deberían exigir que el crucifijo volviera a todas las instituciones en las que ya no está, pero estuvo, o argumentar por qué la escuela debe quedar al margen, como excepción, de ese nuevo fantasma que recorre Europa. Por el contrario, la línea argumental de quienes apelan a la libertad religiosa para negarse a lo que por el momento nadie les obliga, parece más convincente, de mayor peso. Quizá otro día.
El PP no lleva muy bien la esquizofrenia de ser gobierno y oposición. Resulta un poco irritante leer, en la portada del periódico, que aquí, donde son Gobierno, «la Comunitat lidera la subida del paro y alcanza una cota histórica», mientras que en la página dos, un risueño Mariano Rajoy, allí, donde son oposición, asegura que «las bagatelas y colorines de Zapatero no sirven ante el drama del paro». De acuerdo con la lógica formal y las reglas de la coherencia política, deberíamos poder decir: «Las bagatelas y colorines de Camps» (premisa), hacen que «la Comunitat remonte la crisis y el desempleo» (conclusión). Pero no es así, porque no es el caso.