Si hemos perdido, mala suerte, si hemos ganado, a celebrarlo, contestaba la sonriente y vital Carmela, la malagueña que junto a Antonio, su pareja de fatigas, se alzó con lo que las diez parejas de Pekín Exprés pretendían, ganar el fascinante concurso de aventuras. Fue un final a la altura de la mejor edición del programa de Cuatro que dirige Eva Sanz.
Los malagueños, y desde el principio, destacaron por su pachorra, pero ojo, pachorra sin abandonar las razones que les llevaron a La ruta del Himalaya. Carmela y Antonio han sido unos polvorillas, se han dicho de todo, se han cabreado, sentían predilección por unos concursantes y rechazo por otros, pero sin la repulsiva mala hostia de la mamá y la hija con evidentes trastornos bipolares, Maritxell y Alazne.
Fueron a ganar, y ganaron, fueron a pasárselo bien, y se lo han pasado de lujo. No me extraña que en el momento en que Raquel Sánchez Silva se despedía con brillo en los ojos de la tercera temporada, envuelta en luces, música, vestida con telas lujosas, y rodeada de bailarinas de los estudios de Bombay donde se ruedan miles de películas con el sello inconfundible de Bollywood, una cinta de letras avisara a los espectadores que desde ese momento quienes quisieran podían intentar formar parte de la próxima edición del concurso.
Firmo la idea lanzada por la bella, elegante, y eficaz presentadora, vinieron con lo puesto, y se van con lo vivido. Así es. Los miles de euros ganados, creo que unos 35.000, una bagatela comparada con el sucio dinero embolsado por cualquier mercader de los que acuden a las chacinerías del corazón, no son nada puestos a ras de importancia con lo vivido en ese viaje por tres países. A celebrarlo, campeones.