Todo parece indicar que el caso de la activista saharaui Aminatu Haidar puede acabar en tragedia —cuando escribo los doctores dicen que «la muerte puede sobrevenirle en cuestión de días u horas»—, pero no desastrosamente. Ningún esfuerzo diplomático, acción guerrillera o campaña de manifestaciones ha contribuido más que su huelga de hambre a romper la cadena de desafectos y silencios cómplices que han condenado a su pueblo a la mudez histórica. No es además una huelga en abstracto por unos objetivos políticos legítimos, sino que tiene también un motivo personal: volver a su ciudad y estar con los suyos.
España sigue sin estar a la altura de sus responsabilidades. No se trata de formar batallones de voluntarios o de enviar divisiones aerotransportadas al otro lado del Estrecho: de momento bastaría con hacer cumplir las resoluciones de Naciones Unidas que exigen el ejercicio del derecho de autodeterminación sin presiones de las fuerzas ocupantes. Cuando Zapatero acceda a la presidencia de Europa debe incluir este asunto en la agenda de la política continental. Si lo consigue daremos por bien empleados las inútiles fuerzas que Obama nos sigue reclamando para Afganistán y su guerra sin esperanza: en Afganistán no nos jugamos nada; en el Sahara, tenemos empeñada la vergüenza. Y ya va siendo hora de recuperarla.
Un Franco decrépito cerró tratos con el sátrapa de Rabat para repartir el Sahara y su gente como una tarta de dos porciones. Es nuestro país el que debe de asumir los deberes que dejó de lado. Zapatero deberá demostrar que tiene algo mejor que sonrisas y buena fe. Y el estilo Aznar y su estúpido engreimiento godo, tampoco nos vale. Ni la cobarde hostilidad hacia la numerosa población marroquí instalada en nuestro país, primeras víctimas del régimen medieval de nuestro vecino. Que más de treinta años de democracia no hayan sanado la vieja llaga saharaui es como descubrir que los obispos siguen cobrando el diezmo o que pervive el derecho de pernada en Zamora.