Tras negros meses, tres indicadores económicos estatales, el consumo, la inversión y las exportaciones han remontado. No lo hace en cambio el paro, que sigue en niveles insostenibles. El único país del mundo que ha conseguido evitar despidos masivos en plena crisis es Alemania. Su milagro laboral se basa en el denominado «contrato alemán», que recorta la jornada y reparte el trabajo. El sistema adapta la fuerza laboral de cada compañía a las necesidades de producción. El Gobierno paga parte del salario al trabajador con horario reducido y las empresas retienen durante las vacas flacas personal valioso a un coste asumible. Los obreros no quedan en la estacada y el Estado evita «subsidiar» parados por no hacer nada. España quiere importar el modelo pero hay dudas de que aquí sea factible, puesto que el 93% de las compañías son microempresas. Además, algunos expertos temen que el reparto de trabajo acabe siendo una argucia por camuflar la lista del paro.
El debate sobre el mercado laboral se agita y esto tiene valor. Es quizás la reforma más urgente por invertir la tendencia de nuestra economía. Éste es el camino, no el de satanizar a los empresarios. Este país necesita miles de puestos de trabajo y los sindicatos, con la venia del Gobierno, se dedican a colocar en la diana a quienes realmente deben crearlos. Hace falta que los patrones arriesguen. Con protestas aclamadas desde las alturas contra ellos no llegaremos demasiado lejos. Ni cuando mejoran el consumo, la inversión, las exportaciones y el PIB la lista de desempleados deja de ser millonaria. La escasa agilidad en las contrataciones resulta evidente. Revisar el sistema, cambiarlo, no va contra el trabajador: es poner hilo a la aguja enfrente de un paro insoportable.