La química del cuerpo es misteriosa, pero conviene saber algo de ella y darle lo justo. En una época del año nos pide un cóctel de drogas y en otra uno distinto. Hablo de drogas duras, como la música o la literatura, no de los calmantes que se mete la gente que no sabe convivir con su carne. Llevaba un tiempo con una sustancia de sabor áspero y efectos más bien drásticos, basada en música de las viejas vanguardias, con John Cage en el centro, cuando de pronto noto que el cuerpo me pide melodía, azúcar para compensar la acidez. Voy al mueble bar, empiezo a pasar botellas con forma de CD, y, sin dejar el XX, mi cuerpo elige cosas de rusos que penaron bajo Stalin (Shostakovich, Prokofiev y demás), un clasicorro que no les dejaba sacar los pies del tiesto. Sonidos ambiguos, eclécticos y calientes, para dar la bienvenida al frío. Los osos, hibernando en sus cuevas, no viven estas cuitas.