Vivir en el primer mundo entraña no pocas ventajas ni pocos beneficios, pero, al mismo tiempo, puede suponer una merma de la capacidad de los ciudadanos para el esfuerzo. No es, pues, extraño que en el primer mundo priven la vida sedentaria, la pereza e incluso la desidia; porque al ser todo tan fácil ¿cómo no fatigarse con el mínimo esfuerzo o aburrirse de lo que se consiguió tan fácilmente y de manera tan inmediata?
El esfuerzo es una cultura en la que cada uno se entrena mediante la asunción de retos cada vez mayores. Superación, logros e incluso utopía son los alicientes de los que se nutre el esfuerzo y, a la vez, son, en mi opinión, algunas de las principales causas de la felicidad. Más allá del disfrute de los beneficios del esfuerzo de los otros, la felicidad se basa en alcanzar metas personales, y eso nada tiene que ver con la competitividad ni el arribismo, pues el que se esfuerza de verdad sólo compite contra sí mismo.
Se nos repite machaconamente que crisis es sinónimo de oportunidad, pero tan sólo se sale de las crisis con esfuerzo y sólo hay oportunidades si se plantean nuevos retos, nuevas ideas. El esfuerzo, el personal, el de la comunidad, es el motor que nos hace avanzar cuando los pilotos automáticos fallan, y eso es algo que no deberíamos olvidar cuando al frente de la vida política se han instalado en muchos ámbitos personas de perfil bajo que, o no tienen ideas, o no se atreven a exponerlas por temor a resultar impopulares. Por ello, a los enseñantes y a la Universidad nos toca en estos momentos predicar la cultura del esfuerzo, estimular a nuestros estudiantes para que, afrontando retos, desarrollen su capacidad de análisis y generen nuevas ideas capaces de impulsarnos más allá de las dificultades. Para crear un nuevo marco de relaciones económicas y sociales que nos pongan a salvo de la cultura del pelotazo y de la especulación es preciso el esfuerzo y no basta con proyectos de ley o enunciados vacíos.
Catedrático de Química Analítica de la Universitat de València