El poder necesita prohibir. Sin prohibir, el poder se agosta y acaba secando. Discutir el derecho, y hasta la obligación, que el poder tiene a prohibir sería como predicar la anarquía social. Sólo se pide que prohíba cosas que mejoren la vida a la gente. Por ejemplo, deberían prohibirse las señales equívocas en las puertas de los aseos. Un asunto terrible para las personas mayores, que en general llegan apremiadas al lugar, y en vez de los clásicos «Señoras» y «Caballeros», o «S» y «C», se topan con unas figuras dieciochescas (un tiempo en que las levitas semejaban faldas), o unos sujetos en traje regional, o un niño y una niña en la edad equívoca. Esos segundos que el usuario emplea en distinguir, apretado como va, pueden ser fatales. Un poder público que se dedicara a prohibir cosas así quedaría desahogado –prohibiría– y a la vez mejoría la calidad de vida de nuestros mayores.