Desde hace décadas España viene haciendo ímprobos esfuerzos por mantener buenas relaciones con Marruecos, nuestra frontera sur, la única que de verdad inquieta a políticos, militares. Y estas relaciones no son fáciles, ni lo son en el presente ni lo fueron en el pasado. Marruecos abusa de lo que sabe un temor latente en España a causa de Ceuta y Melilla. De manera que la monarquía marroquí, antes con el rey Hassan y ahora con su hijo Mohamed VI, despliega una diplomacia de tira y afloja, dejando entrever que en cuanto quieran nos causan un problema, un grave problema. De ahí, la política de paños calientes con Marruecos, de ahí el que nuestra política exterior con ese país pase por no irritar ni a su Gobierno ni a su rey. Pero todo tiene un límite, y ese límite es la dignidad y que no nos tomen por tontos ni mucho menos por débiles.
Resultan inaceptables las declaraciones chulescas de algunos de sus políticos amenazando a España por el caso de la saharaui Haidar. El Gobierno debe pararles los pies, con toda la diplomacia que quieran, pero parárselos. Una cosa es que nuestro país quiera llevarse bien con sus vecinos y otra es que debamos aceptar unas relaciones asimétricas, con actuaciones prepotentes del Gobierno marroquí, y actitudes despreciativas por parte de su monarquía. Humillaciones, ni una. De manera que Zapatero tendrá que decir algo o hacer algún gesto que deje claro a nuestro amigo del sur que no vamos a admitir relaciones subordinadas y que no tenemos miedo a sus bravuconadas.