Para condenar las salvajadas cometidas en algunas zonas de la costa valenciana –donde se han erigido monstruos de cemento o eliminado arenas vetustas con espantosos paseos enladrillados– suele ser frecuente referirse al «gran valor ecológico» despatarrado y perdido. La franja de territorio sobre la que se lloriquea no es destacable por su valor paisajístico o por su belleza natural, como sería adecuado y razonable, sino por su calidad «ecológica». Un lugar, pues, destinado a la ciencia de la ecología. Los turistas e indígenas que atraviesan la «magna obra» de la naturaleza, o los visitantes que la recorren en busca de sensaciones diversas –o la hubieran recorrido antes del aniquilamiento–, son accesorios: la zona es valiosa porque los expertos pueden dedicarla al estudio. De manera que tenemos determinados territorios de la costa valenciana, sobre los que se han perpetrado felonías innombrables, dedicados al análisis científico, y la práctica totalidad del litoral como una prolongación de la universidad. Gran valor ecológico. Construir significará al final ir contra la ciencia. La Ciencia aquí se emplea como el mito de la Naturaleza, mágica y religiosa, que nos amparaba bajo su manto protector. Ambas garantizan la verdad y quizás un lugar provechoso en el paradisíaco Más Allá. Una vida eterna y feliz en un emplazamiento repleto de florecillas silvestres, de riachuelos plateados, de una luz prodigiosa y sin apartamentos a la vista: sólo alguna cuevecilla para refugiarse de las inclemencias, si las hubiere: no ha de ser fácil en esas magnitudes del edén. Mientras tanto, anotemos la única certeza: la destrucción de la vida es muy antigua y la melancolía del hombre de las ciudades, infinita.
Virosque. Hay quien desea relevar a Arturo Virosque de la Cámara de Comercio mediante un cortocircuito extremo y apelando a la «necesitad histórica», ese achacoso término estalinista que servía para disculpar eminentes desmanes y que aún se maneja hoy libre de toda culpa. La «necesidad histórica» se llama tanto José Vicente Morata (al parecer su sustituto oficial) como la cadena de circunstancias socioeconómicas que confieren al «cambio» en la Cámara la aureola sagrada de la obligación inmanente. Un determinismo como cualquier otro. Más vulgar en este caso, si cabe. Porque si exhibiéramos las «condiciones objetivas» –por seguir la broma grotesca de algunos supuestos pretendientes marxianos de otras épocas– y le diéramos la vuelta al calcetín, podríamos proponer otro juego. ¿Por qué ha de marcharse Virosque? Nadie objetará su gestión –nadie que no sea antagonista– económica o administrativa: la Cámara ha sido una máquina de fabricar dinero, erigió una nueva sede, tranquilizó las aguas sulfurosas por donde navegaban los dirigentes empresariales y además el presidente salió como un figurín vestido en París de aquellas batallas de las cuotas, el Constitucional y la CEOE que subvirtieron la mitad de los noventa entre una asonada levítica de empresarios envidiosos. Tal vez alguien le impugne los «trámites» políticos, esa esfera de relaciones peligrosas que se inicia en el despacho y acaba en el escaparate público. Ni caso. La politiquería es despreciable: en el orden político y mediático. Incluso la fabricada por el protagonista en cuestión. Si el relevo de Virosque es conocido, quizá aconsejable, nadie ha de ofrecerlo a los dioses como una fatalidad histórica. Hace tiempo que el individuo venció a la Historia.