Lazos rojos

Felipe del Baño

 20:50  

Celebramos la semana pasada el día internacional de la lucha contra el sida. Un día en el que, aunque sea una vez al año, esta pandemia mundial se convierte en la noticia más importante, en motivo de tertulias, estadísticas, opiniones y debates. Pero si me lo permiten, y sin quitar importancia a este tipo de efemérides, no basta con que esto sea cosa de un momento y luego, al día siguiente, si te he visto no me acuerdo. Es por eso por lo que he querido hacer estas reflexiones a toro pasado.
Hace ya veintiocho años que surgió el primer caso diagnosticado de una enfermedad que se inició con muy malos rollos sociales. En todo este tiempo hemos perdido a muchos amigos y familiares. Amigos y familiares que se iban sin que nadie pudiese hacer nada por ellos, sin que nadie pudiese explicarles lo que les sucedía. Amigos y familiares que se iban a escondidas y en muchos casos incluso con el rechazo de su propia gente. Siempre ha sido una enfermedad estigmatizada.
Una enfermedad que crea todavía rechazo social y discriminación. Una enfermedad a la que muchos trataron, injusta y erróneamente, de marginados e incluso de «depravados». Ha sido y es una enfermedad que, de forma quizás poco responsable, todo el mundo quiere mirar hacia otro lado, considerándola incómoda. Pero a la realidad no se la puede negar ni ignorar.
De los primeros años a hoy hemos avanzado, aunque parezca que no, muchísimo. Ahora bien, los avances científicos no han ido a la misma velocidad que los avances sociales. Se ha pasado de aprender a esperar la muerte a como vivir con dignidad y calidad de vida. Los nuevos tratamientos que se iniciaron a finales de la década de los noventa han conseguido que lo que era una enfermedad mortal y sentenciada hoy sea una enfermedad que se convierte en crónica. Es verdad que no está exenta de riesgos, de situaciones delicadas ni de crisis agudas, pero hoy hay algo que antes a nadie se le pasaba por la cabeza, la esperanza de vida, de una vida larga.
Todavía hay mucho por hacer y conseguir. La vacuna hoy es una utopía lejana. Muy llamativa es la diferencia discriminatoria en los tratamientos dependiendo en qué parte del mundo vivas. Y muchos son los niños que nacen infectados en el tercer mundo y que se quedan huérfanos tempranamente en un mundo de soledad e incomprensión.
Una enfermedad que no distingue, y hay que decirlo claramente, entre clases sociales, edades ni sexos. Una enfermedad que aunque se va controlando clínicamente, sigue siendo un misterio y sigue su expansión incontrolada. Ante esto lo único que podemos hacer por el momento son dos cosas muy importantes, la información y la prevención.
Vivir informados, con un conocimiento claro de los medios de contagio, ayudará a todos y ayudará a una convivencia normal con los seropositivos, sin miedos infundados. En cuanto a la prevención, hoy es la mayor vacuna que existe. El uso del preservativo se hace indispensable para atajar y frenar hoy por hoy esta pandemia.

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