Basta ver una escuela pública francesa o la sede de Correos en Madrid (que Trotsky, con exquisita mala leche, llamaba Notre Dame de les Comunications) para comprender, de un diáfano fogonazo, lo que era una nación para nuestros abuelos. Para nosotros, no está tan claro. Las autonomías permiten que un señor se sienta tan gallego como español, y a partir de ahí, todas las combinaciones posibles, del mismo modo que la Europa Unida hace posible que un alsaciano sea a la vez francés y alemán (o más de uno que de lo otro): sin cañones Krupp ni línea Maginot. Alguien llamó a todo esto entidades concéntricas —la identidad de la cebolla—, aunque yo prefiera las excéntricas. Dalí, por ejemplo, hablaba en castellano traducido del francés traducido del catalán. Como debe ser.
Nadie ha hecho más por el iberismo que el súper. Vas a Mercadona y tienes todos los productos rotulados en castellano y portugués: lo que el comercio ha unido, no lo separe el diputado. Los portugueses a menudo recelan (nadie puede decir que no tengan motivos), incluso del ferrocarril rápido, y es que en ciertas zonas genitales del macizo de la raza habitan convicciones de pedernal que echan chispas en cuando uno insinúa que las patrias pueden ser muchas. Pero en nuestro Siglo de Oro era el juramento de lealtad al soberano el que creaba lazos de derecho político. Fue la rebeldía contra el emperador la que hizo rodar la cabeza de Lope de Aguirre, no llamarse «cristiano viejo de nación vascongada». También los versos de Ausiàs March se tradujeron en Sevilla con la advertencia de que su autor era «hidalgo valenciano de nación catalana», enfureceos si eso os libera.
Me encanta que España y Portugal hayan presentado una candidatura conjunta para los Mundiales, ya que es el campo de juego y sus reglas los que pueden poner coto a los afanes nacionalistas, que a los sentimientos, nadie puede. El pajarito de Szymborska tenía la cabeza en Polonia y la cola en Ucrania ¿Le concederán la doble nacionalidad?