Los detalles que se dieron a conocer ayer del proyecto de explotación privada de la línea 2 de Metrovalencia son interesantes y nuevos y plantean una serie de cuestiones que a buen seguro acarrearán debates y todo tipo de comentarios, ya que el camino que abrió ayer la conselleria que lidera Mario Flores es sin duda transcendental y se sitúa a la altura de la saga de los hospitales privados que impulsó en su momento Eduardo Zaplana y que ha completado Francisco Camps. Ferrocarrils de la Generalitat Valenciana busca con este modelo una solución fundamentalmente económica. En este momento la empresa dependiente del Consell debe 817 millones de euros, aunque la deuda que más preocupa a los gestores es la llamada «vencida», de 372 millones, que han de satisfacerse a finales de año. Con este proyecto, que alarga la línea 2 hasta la zona de Heron City y la futura Ikea, por un lado, y hacia Tavernes Blanques, por otro, la Generalitat Valenciana se ahorra 100 millones en inversiones, busca nuevos usuarios, lo que permite no incrementar la deuda propia, y además se asegura el ingreso de un canon de explotación y de mantenimiento. En el capítulo de dudas, en un primer vistazo aparece el asunto de la seguridad que dependerá de la firma, con lo cual las garantías habrán de ser extremas, y también la tasa interna de rentabilidad que se ha situado en un 8%, un nivel que no suele satisfacer a los bancos a la hora de prestar dinero para este tipo de negocio.