Brasil debate si la pornografía es cultura porque el gobierno ofrece a todos los trabajadores que ganen menos de 1.500 reales (unos 800 euros) un vale de 50 reales (18 euros) para que se lo gasten en algo de carácter cultural. ¿Incluida una revista porno? No es tan fácil de contestar.
Para muchos españoles una imagen del carnaval de Río produce un efecto similar al porno. ¿Es igual de porno «Play Boy» que «Private»? ¿Ya no sirven de excusa los articulistas de «Play Boy» que hicieron que tantos varones cultos tuvieran que soportar páginas de fotografías con chicas desnudas porque para ellas eso era la máxima ilusión? ¿Revistas porno, no; libros eróticos, sí?
Para algunos espectadores hay porno en las óperas de los grandes teatros europeos y el arte contemporáneo está lleno. El pop también porque, con perdón, el porno ha penetrado otras manifestaciones culturales. Ahora mismo el mejor porno vestido del «mainstream» lo ofrece Shakira en su último videoclip, «She wolf», eso sí dejando la libertad de que, quién quiera, vea baile. Esa libertad no se deja al porno, aunque lo más sea coreografía, por ir desnudo.
En Brasil el Estado ha renunciado a determinar qué es cultura pero debe determinar qué es porno y qué no. El Estado no es tan bueno como la Iglesia para inmiscuirse en el sexo de los ciudadanos. (Por eso nos reímos de que en Extremadura, dentro de un cursillo general de sexo haya un taller de masturbación pero no nos extraña que la Iglesia diga que el sexo no se toca y que imparta cursillo prematrimoniales en los que detalle que «besar no es pecado; chupar, sí»).
Al final, en Brasil el debate no es distinto que en el resto del mundo. Da igual qué es porno y qué no y mucho menos qué es cultura y qué no: se trata de que algunos editores no se queden fuera de lo que cubre el cheque cultural porque es mucho dinero del Estado en manos de ciudadanos.