Un grupo de surferos lidia, cerca de la costa, con las olas que han puesto en alerta el Cantábrico. Es toreo puro, o sea, búsqueda del punto en que la ola se deja seducir por el conocimiento y se presta al juego. Nadie es inmune a esa seducción: más que cualquier cosa nos gusta que sepan de nosotros, que alguien ponga ganas en escudriñarnos. Los toros vienen de mar adentro en grupo, avanzan bajo la piel del agua uno detrás de otro, y entre ellos hay siempre uno más bravo, el jefe de manada, el que tiene el poder. El surfero pasa de los mansos y de algunos bravos, hasta dar con el que lleva dentro la casta. Se encarama al borde de la testuz, logra enganchar un muletazo, luego lo trastea, subiendo y bajando, hasta que los dos -la ola y el torero- se acaban cansando, si antes no ha habido un revolcón enorme entre la espuma. No hay sangre.