El signo del poder y su prueba (cabría decir: su esencia) es que puede matar. La conversión de ese poder en un derecho es el Estado. En las democracias ese poder se restringe al mínimo, y en las avanzadas, en las que no hay pena de muerte, el signo del poder del Estado es renunciarlo, privarse de matar. Frente a ellas el terrorismo exhibe el poder en estado primario, en bruto. Este apunte explica la estrategia -en apariencia absurda- del terror. Es absurda a los ojos del demócrata, pero si se repite una y otra vez, y se hace desde cualquier enseña política, es porque funciona. Cuando uno se hace dueño del miedo y puede provocarlo a su antojo, administrarlo, modularlo, negociarlo o mantenerlo en estado latente, la biología humana, adiestrada a lo largo de milenios a conocer los signos profundos del poder, sabe que ahí hay un Estado en potencia. Ése es el discurso del terror.