A lo lejos, el macho asciende sin apenas fuerzas, pero apura su último aliento para lograr su natural objetivo, cubrir a la hembra, que parece esquiva, o quizá presumida y exigente. La voz del narrador es suave, medida, y el texto un poco relamido, texto que se oye con un fondo de berridos profundos y terribles resonando con claridad en mitad de la sierra. Una cámara sigue los pasos de dos hombres, y para crear tensión, como si su ojo fuera el ojo humano, se esconde detrás de los arbustos, y cuando los humanos echan a andar, la cámara, a ras de suelo, los sigue tratando como ellos de pillar desprevenidos a los animales, que se cortejan a lo lejos, a 750 metros justos, dice uno con unos prismáticos de precisión. En casa, asisto a la escena con el alma encogida por la belleza del paisaje otoñal, por la telúrica llamarada sexual de los ciervos.
El espectador ajeno a Jara y sedal no sabe que la tragedia está a punto de ocurrir. Y sin embargo, el drama se barrunta. Uno de los humanos, con la escopeta a la espalda, se la encara apuntando al bello ejemplar, que exhibe una cornamenta de muchas puntas, un alarde de potencia y belleza. Y de repente, en el silencio, un disparo seco corta el aire y alcanza el cuello del ciervo, que cae desplomado con un ruido de ramas tronchadas. Cuando lo vi me quedé espantado. Sabía lo que iba a ocurrir, pero jamás me podía imaginar que pasaran esas imágenes y que el narrador celebrara su muerte con el júbilo del matarife y la indiferencia del deportista que esta vez ha ganado. Esta es la cara de la moneda, decía impávido, una excelente pieza. ¿Para el salón abigarrado? Dirige esta escabechina televisada para La 2, los viernes, Álvaro Benavent. Sin remordimientos.