Dicen que la publicidad es imprescindible en nuestra sociedad, aunque todos reconocen que tiene algo de engaño en sus mensajes, a pesar de los controles. Es sabido, que las frases seleccionadas, los mensajes rebuscados y ocurrentes, no son verdad. Que el artista de moda no bebe en realidad el café que anuncia, tal vez ni le gusta el café, y que el deportista de élite no tiene ni la menor idea de cómo funciona la compañía de seguros a la que presta su imagen, por una módica cantidad, repitiendo con cierta torpeza frases que pretenden convencernos. Incluso la iglesia católica, quién se lo iba a decir, hace publicidad de conciencias poniendo por delante imágenes piadosas y escondiendo debajo de la alfombra los abusos, el anacronismo y la intolerancia con la que pretenden seguir atándonos por los siglos de los siglos.
Ya digo, casi siempre mentiras, y delante de todo el mundo sin que nadie pestañee. Pero la publicidad sigue ahí, metida en nuestras vidas; en las casas, las calles, los periódicos, incluso en nuestro teléfono móvil. Por no hablar de la playa, mientras tratamos de relajarnos, una avioneta casi nos ordena, con su cola serpenteante, que tomemos este o aquel arroz sin ni siquiera dar una razón; da lo mismo, la explicación no sería verdad. Pero no pasa nada, estamos acostumbrados a que nos mientan y vivimos tan tranquilos.
Pero, ya que nos mienten, háganlo con gracia. Y evítennos cosas tan patéticas como ver a Bud Spencer repartiendo mamporros sin ton ni son, porque no funciona un cajero automático. En medio minuto vulnera varias leyes, abuso de poder, violencia gratuita, maltrato al ciudadano. O la ocurrencia de anunciar la hamburguesa más pija, increíble, con una pareja de jóvenes hablando gangoso, más simples que un tubo, y con el suéter color pastel anudado al cuello. O aquello de caricaturizar al movimiento hippie, convirtiéndolo en algo bobalicón, que sueña con llevar al salón la cadena de pago por excelencia.
Ya ven, nos roban esos minutos que creíamos nuestros, para ofrecernos imágenes torpes o la fantasía estúpida de pensar que, si hacemos caso, seremos guapísimos, esculturales, irresistibles o ricos. Ahora, cuando se retire la publicidad de la tele pública, recuperaremos muchos minutos de nuestra vida. Seremos ricos de verdad, pero en minutos. ¿Qué haremos con ellos?