Lo decía este periódico el domingo pasado. En un excelente reportaje de Paco Cerdá se contaba con pelos y señales lo que supone la inmigración para que este país no se muera de asco y de más cosas. Hace muchos años los trenes se llenaban de hombres y mujeres que buscaban en Francia y Alemania lo que aquí no podían encontrar: comida y dinero para comprarla. Los pueblos se quedaron vacíos y en maletas de cartón y cajas cerradas con cordeles de esparto, la gente metía lo más imprescindible para el viaje: casi nada. El extranjero era ese paisaje lejano, inalcanzable, borroso visto desde la clamorosa y espesa bruma del franquismo.
La emigración se convirtió en una salida a la crisis económica de la dictadura y la mirada de los niños que acompañaban en la diáspora a sus padres y abuelos se perdía por el ajetreo de las estaciones con una mezcla extraña de alegría inocente y desconcierto. Allá donde llegaban empezaban a vivir sólo con un objetivo: ahorrar algo de dinero para que la vida en el regreso pudiera ser más soportable. Por eso familias enteras vivían en habitaciones compartidas, comían juntas de la comida común, construían para que el dinero cundiera una comunidad afectiva que aliviaba la desabrida lejanía que separaba a esas familias de su tierra. A veces, y no exagero ni una pizca, la cama era un montón de paja y se escuchaba el rasgueo de las ratas por las vigas del techo y el suelo inhóspito de los almacenes agrícolas.
Yo no estuve allí, pero el relato no es ficticio: lo cuenta quien lo vivió y no se avergüenza de contarlo. Porque hay quien no quiere acordarse de aquello y despotrica contra los inmigrantes que llegan a nuestros pueblos y ciudades para buscar una vida mejor que la que tienen en sus países llenos de miseria. Quieren olvidar esos que despotrican que cuando ellos llegaban al extranjero los miraban con displicencia y una miaja de sorna porque realizaban los trabajos que los de allí no querían hacer. Y para justificar su aversión a los inmigrantes de ahora dicen que ellos no eran delincuentes cuando estaban en Francia cortando uva o trabajando en las fábricas. De todo había, a pesar de lo que digan.
Pero eso les sirve de excusa canalla para decir que no son racistas, aunque a renglón seguido sueltan sapos y culebras contra los extranjeros, contra los extranjeros pobres, claro, porque a los extranjeros ricos los llevan en andas como si fueran los santos de las procesiones.
Quienes llegan en pateras de mierda o medio escondidos en autobuses con olor a mafia europea vienen a trabajar y no a cometer ningún delito. Pero aquí lo que encuentran es el furibundo y malicioso ojeo de la bestia. Se ven empujados a hacer cualquier cosa para sobrevivir. Y cuando logran un trabajo responden con la dignidad de quien sabe ser eficaz en ese trabajo y agradecido por la acogida.
Lo contaba con pelos y señales el reportaje del domingo en este periódico: si no fuera por la inmigración nuestro país estaría claramente en bancarrota. Sin embargo se ven obligados a vivir en guetos, a juntarse amontonados en cuartuchos de miseria, a aceptar jornadas laborales agotadoras por un sueldo que se parece demasiado a una estafa.
Es lo que hacían los españoles cuando iban a Francia o Alemania en los vagones tristes de hace más de cuarenta años. Vivían de una manera muy parecida. Lo que pasa es que ahora es como si se avergonzaran de aquel tiempo en que ellos llegaban a un país extraño para encontrar lo que aquí no encontraban: un poco de dinero para vivir dignamente, una miaja de felicidad sin los agobios del hambre, ese rincón mínimamente habitable donde pudieran amontonar un gramo de esperanza. No sé cómo se puede uno olvidar de lo que ha sido.
La inmigración es un derecho, no una vergüenza. A ver si se acuerdan de cuando iban a cortar uva o a la recogida del tomate y se pasaban currando de sol a sol en las campiñas francesas. A ver si se acuerdan, joder, a ver si se acuerdan.