El error más frecuente consiste en culpar al ser humano –hombre o varón– de todo lo que sucede en el universo. O como mínimo, en el planeta. El monopolio del Mal introduce cierta excitación en el tedium vitae. Los vaivenes meteorológicos poseen la difusión y arbitrariedad necesarias para satisfacer a los tribunales más exigentes. En la discusión sobre el cambio climático, sorprende el énfasis en las exiguas dimensiones de un mundo que conserva su tamaño desde hace millones de años. Sin embargo, no se sugiere una moderación del crecimiento demográfico, la fuente de cualquier mal de raíz humana con impacto planetario. Es la población, estúpido, que diría Bill Clinton.
Admitamos que tampoco a Noé le hicieron caso, cuando pronosticó una subida del nivel del mar. En las actuales guerras contra el cambio climático y contra el terror, se desconoce el enemigo. Al amparo de esa ambigüedad, se nos obliga a admitir que las causas del problema son correctas y, en un salto cualitativo que no le perdonaríamos a un guionista de Hollywood, que el desastre en curso tiene remedio. Rebajad los niveles de dióxido de carbono y regresaréis al paraíso. Mientras tanto, introducid otros mil millones de personas en el planeta.
La reversibilidad del cambio climático tiene cierto interés, cuando se nos exigirán seis euros por litro de gasolina, sin contar con la caída del PIB porque habrá que cercenar el turismo por avión. En su primera coalición con el ecologismo, los colosos empresariales –las energías alternativas y las convencionales son comercializadas por los mismos grupos– han aceptado las tesis de una situación preapocalíptica cuando han comprobado que les saldría rentable. Para redondear el negocio, anuncian que se puede controlar el termostato global a fin de que la temperatura sólo suba dos grados, cuando son incapaces de predecir el tiempo con una semana de antelación. Por supuesto, no incluyen ninguna cautela demográfica, porque su modelo exige un número creciente de consumidores. ¿O he escrito esclavos?