Supongamos que la noche del domingo tuvo horas bajas y aparcó por unos instantes las obras completas de Immanuel Kant, supongamos que al alzar la vista, y teniendo la tele encendida porque todos tenemos debilidades, quizá impresionado por el impacto de ver a Silvio Berlusconi ensangrentado, dolorido por el golpe del perturbado que lo atacó en Milán después de que Il Cavalieri soltara crispados sapitos por su boca, se quedara tan perplejo que siguió indagando en esa caja que sin explicar del todo la condición humana la retrata a la perfección. Supongamos que descartó el desafío de ascender al Himalaya que proponía en Cuatro Jesús Calleja porque, aunque rubio y agreste, o justo por eso, no tiene la enigmática elegancia de Raquel Sánchez Silva ni la aventura extrema era igual que Pekín Exprés, una bomba con Maritxell y Alazne, aquellas víboras. Qué peligro.
Supongamos que al final llegara rendido, y acobardado, optara por quedarse en Antena 3 como mal menor. Acertó. Para la cadena también Estás invitado. Aunque uno, zorrillo escaldado, sabe que aceptar invitaciones que firma Sandra Daviú y patrocina su emisora es, ahora sí, un desafío extremo. Diez criaturas son encerradas en una casa, unas tratando de encontrar a primos, padres, hermanos. Otras, con la mosca detrás de la oreja sin saber muy bien qué pintan allí pero barruntándose lo peor. Todas, engañadas, manipuladas, al servicio de un truculento espectáculo emocional indecente, obsceno. Con inquietante aplomo, la presentadora retiraba de la pared las fotos de las víctimas cuyo caso se iba cerrando al son de una música espeluznante. Marisol Navarro firmaba tan pornográfico espectáculo. ¿Todo esto es por la navidad? Qué va. Es para vender Iniston, por el moco.