Almodóvar sería el primer motivo para recelar del suicidio a cámara lenta de Aminatu Haidar, pero hay más. Recelamos de las personas que poseen toda la verdad, porque acostumbran a arrojarla contra otros –España en su conjunto, en el caso de la huelguista– y porque esa cualidad siempre será fragmentaria. Por ejemplo, la muy democrática Argelia se frota las manos con la activista saharaui, con independencia de que guíe sus pasos. El martirio de los primitivos cristianos, antes de que aprendieran que martirizar era más descansado, no da ni quita valor al dogma de la Santísima Trinidad. No todos los mártires han ofrendado su vida por causas nobles. La activista saharaui ha acreditado su valentía por encima de cualquiera que escriba sobre ella pero, si su decisión admitiera retroactividad, más de un autoinmolado por una fe reclamaría una segunda oportunidad al ver cómo degeneró su creencia.
El PSOE quiso prestarle un favor excesivo a Rabat, pero Haidar protesta como una auténtica española –«España será responsable de mi muerte», «España ha de pagar el precio»–. Los propietarios de la verdad absoluta desconocen la figura de la contradicción, pero su huelga de hambre y su derecho a no ser alimentada están protegidos por la fuerza. Otros estados serían más expeditivos. Estamos dispuestos a admitir lecciones de los almogávares y almodóvares, aunque preferiblemente de quienes no vieron los Juegos de Pekín´08 para no colaborar con la dictadura china, o no consumen petróleo para no contribuir a los despotismos árabes, o nunca han aplaudido a Castro.
Mientras haya causas por las que morir, habrá causas por las que matar. Sin transacción, sólo cabe la violencia, aunque todo lo anterior sean desvaríos de quienes únicamente aspiramos a una parte mínima de la verdad, incierta y revisable periódicamente. Ni los valientes como Haidar tienen siempre la razón ni los cobardes están equivocados por definición, según pretende el marcial Obama cuando confunde a Hitler con Afganistán, el célebre argumento de Bush.